jueves, 25 de junio de 2015

Querida tormenta.

No he querido ser un error, pero a ti te cometería mil veces. Pensé.

A veces cuando una puerta se cierra solo se abren ventanas y no nos queda más opción que lanzarnos al vacío y esperar a ver si hay suerte y hemos aprendido a volar de un portazo.
Yo no quería aprender a volar sin ti, tormenta.
Podría haberte escuchado aullar toda la vida, muerta de miedo en un rincón.
Podría haber sacado los dientes mil veces más y gruñirte esperando que eso te convirtiera en brisa. Pero.
Ay, te cometería mil veces.
Te comería mil veces.

Más. Porque bastante nos hemos mordido.

Antes me preguntaba por qué la gente usaba paraguas durante las tormentas (hay quien ni se atreve a salir a la calle) y ahora yo colecciono paraguas y chubasqueros sin querer sentirme cobarde.
Pero también he huido de la tormenta, antes de salir volando. Y sintiéndome cuerda. O soga.

No puedo más que preguntarme si hice bien en cometerte y estar dispuesta a hacerlo mil veces más.
No puedo más que preguntarme si hago bien estando dispuesta ahora a no cometerte jamás. Pero le tengo pánico a las tormentas, y tú eres la más grande de todas.

(También eres la más bonita y mentirosa, pero tormenta.)

 El caso es que viví creyendo que tú y yo eramos uno solo, incapaces de aguantar el uno sin el otro.

No sabía que aullabas por mi culpa. Que también tienes pánico y coleccionas paraguas y chubasqueros. Que podrías haber sacado los dientes mil veces más y gruñirme esperando que eso me convirtiera en brisa. Que podrías haberme escuchado aullar toda la vida, muerta de miedo en un rincón.

No sabía que yo también era tormenta. Y qué frío.

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