domingo, 12 de julio de 2015

Alaska.

¿Qué puedo decir de Alaska?
Cuando emprendí aquel viaje sabía que acabaría siendo un iceberg soportando una tormenta día tras día.
Sabía que salvar Alaska jamás iba a ser fácil. Y tanto que ha sido la misión más difícil de mi vida. Pero quizá la única que ha merecido la pena.

He recorrido mundo, he dormido en ciudades y paises que latían de formas muy diferentes, que comprendido cada una de las costumbres de estas y siempre me he llevado de ellas lo que más les dolía. Yo he cargado con el peso de escenarios preciosos y nunca me ha importado.

Soy viajera, aventurera, he nacido para esto y me gusta aprender y llevarme todo lo posible. Lo quiero todo.

Pero Alaska fue especial. Alaska fue distinta. Alaska me arrancó el corazón. Y cómo iba a poder mantenerme en pie sin corazón. Cuánto me arrastré por esos páramos infinitos. Aun me duelen las rodillas.

Alaska es frío.

Me pidio promesas y yo prometí, me pidió la vida y se la di. Ningún lugar me había enamorado como ella y a ningún lugar odie tanto después.

Eso sí fue una guerra y no lo de Rusia.
Nos destruimos sin piedad, todo porque yo me quedé vacía, cuando Alaska necesitaba siempre más.
Yo no pude darte más. Y me congelaste el alma.

Tus auroras boreales serían siempre las más bonitas del mundo, pero yo jamás las prodría tocar. Ni comprender.
Tus bosques serían siempre los más bonitos del mundo. Pero tú eras un desierto de hielo. Y yo solo tu iceberg.
Intentando no derretirme.

Es una pena, porque fuiste maltrato aunque pienses que no. Pero tus paisajes eran tan bonitos que no me importaba en absoluto. Que por mi habría muerto sobre ti sin pensarlo dos veces.

Suerte que te importo una mierda y después de vaciarme y congelarme el alma me pegaste una patada y me hiciste desaparecer.

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