domingo, 12 de julio de 2015

Italia.

Allí donde solíamos gritar, como diría Santi Balmes.

Italia era la casa de los gritos, humo y pizza. No pensar. Solo gritar.
A toda velocidad cantando Extremoduro, dejandonos los pulmones en medio de la autopista. Italia tenía la voz más bonita del mundo.
Italia rugia y lloraba.

Nunca olvidaré el día en que vi a Italia llorar por la imposibilidad de amar, por lo atada que estaba a la libertad. Pedía perdón al amor y suplicaba que no se fuera, que le permitiera observarle un poco más.
No podía vivir sin amor, pero no podía abrazarlo.
El amor para Italia era como un sueño lúcido, tan imposible como real.

Pero luego se secaba las lágrimas, se asomaba al balcón y gritaba. Y la casa de los gritos parecía a punto de derrumbarse.
Mientras yo odiaba el amor y lanzaba muebles contra las paredes. Mientras yo agonizaba de impotencia por no poder darle a Italia lo que necesitaba.

Y ella seguía viniendo a buscarme con su paraguas cada día de aquel otoño, con esa mirada azul y ese grito en la punta de la lengua. 
Seguía regalandome humo, viajes, sonrisas muy bien fingidas y música.

Qué bien cantaba en inglés y qué mal hablaba en italiano.

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