martes, 21 de julio de 2015

Nudo.

Es bonito ser solo espíritu.
Ser solo un espíritu después de haber sido a pedazos y haber soportado el peso de dos cuerpos humanos durante tantos años.

Siendo espíritu no hay ataduras. Solo se puede sentir y compartir, sin repartir, cada una de las emociones.
Todo es esperanza y eternidad. No hay miedo ni culpa. Ni rencor, ni errores. Porque no hay actuación. Solo libertad.
Sin pensar.

Flotamos (floto) y durante un instante tengo la misma sensación que cuando íbamos a 200 kilómetros por hora. Solo que no lo recuerdo. Solo siento. Con la intensidad que siente un espíritu tan grande que no cabe en un cuerpo.

Sin mirada, sin tacto, sin recuerdos.
Sentir tal pasión cuando solo eres espíritu es algo indescriptible.
Un humano jamás podría entender tal pureza. Es un amor más grande de lo que cualquiera es capaz de percibir.

Intentaré describirlo con sensaciones y emociones humanas:
Imagina la caída libre en la montaña rusa más alta del mundo.
La primera vez que montas en tren.
Descubrir tu libro favorito.
Un abrazo por la espalda. Su mano en tu barriga.
Sumergir la cabeza en el agua helada teniendo el rostro ardiendo del sol.
Abrazar a un cachorro.
Salvar una vida.
La satisfacción de un trabajo bien hecho.
Una tormenta de verano.
Sábanas frías. Chocolate caliente.
Vértigo.
El tacto de una pluma.

Mezcla todo esto y multiplicalo por cien.
Es una mínima parte de lo que se siente al ser juntos un solo espíritu flotando en la inmensidad.
Eso es amor. Y los seres humanos jamás han sentido el amor. Al menos no siendo humanos.

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