domingo, 12 de julio de 2015

Rusia.

Canciones rojas y plazas bonitas.
En Rusia aprendimos a parar el tiempo, nadie como nosotros sabía hacerlo.
Conocimos el miedo, el "no sé cómo hacer esto". El "vengo de la otra punta del mundo, arrancame las raíces".
En Rusia las guitarras eléctricas sonaban como un piano, como Brian Crain. Una nana.
Aprendimos a odiarnos y autodestruirnos. Y amarnos tan fuertemente que de un abrazo nos hacíamos añicos.
Yo secaba tus lágrimas y tú secabas las mías, pero nunca las evitabamos. Qué importaba. Estabamos en guerra.
Yo no iba a frenar los bombarderos ni las traiciones. Yo no iba a eliminar la rabia y la oscuridad de tus ojos. Por ti y hacia ti.

No pude salvar Rusia, así que decidí morir con ella. Y así, morir en ella.

Cuánta rabia. Nunca vi tanto dolor en una relación de amor. Y pensar que todo era mentira, que el amor solo era una palabra, una falsa promesa.
Pero cuánto me gustaba creerme las mentiras. Cuánto me gusta. La ilusión es la esencia de la vida, aunque sea un espejismo.
Eras un espejismo precioso. Un espejo roto.
No importaba si no podía sacarte de aquel agujero, porque entraría en él día tras día para dejarte una, o mil tabletas de chocolate y a decirte "todo irá bien".

Ah, ¿cuántas veces lo dijimos? "Todo irá bien.", con lágrimas en los ojos. "Todo irá bien", con impotencia en la garganta. "Todo irá bien", con un nudo en el estómago. "Todo ira bien", haciendo el odio. "Todo irá bien", estrellandonos contra las paredes.
Pero me gustaba estrellarme contra aquella pared, porque siempre me cogías de rebote. Nunca tocaba el suelo y, aunque no fuera real, yo creía volar.

Sobrevolar Rusia, querer morir en ella. Con ella. Pero Rusia no me quería. Rusia queria morir sola. 

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