miércoles, 12 de agosto de 2015

Allí todos mentían.

¿Qué harías si supieras que todos mienten? ¿Y si no pudieras creer en nadie?
¿Y si pudieras ver en una mirada todo lo que se oculta detrás? ¿Y si nadie fuera quien parece ser?

Así me sentía apenas entrado el año 2020.
El espejo me devolvía una mirada con ojeras de hace años, una cicatriz en la mejilla y demasiadas en los brazos. Ya no me importaba ocultarlas, eran de una época pasada y no me avergonzaba de lo que viví. Muy al contrario, me gustaba ser quien era, a pesar de mis ojos vidriosos, a pesar de los moratones, las cicatrices, los cortes, la sangre tras los labios y el sabor ácido.
Me gustaba ser quien era, a pesar de ser quién era.

Sonreí al sentir el vodka quemar mi garganta. Apenas podía creer que aquello siguiera afectándome. Quizá era lo único que me afectaba ya. Escalofríos. Siempre escalofríos al pensar en no sentir.

Bajé la mirada sin borrar esa sonrisa.
Mis pies manchados de rojo, las uñas aún azules, descalzos, cansados, ¿Y los tacones? ¿Cuándo había empezado a usar tacones?
Mi mayor preocupación era encontrar los tacones, así que salí del sucio baño de aquel bar y me paseé entre los cadáveres apartando algunos a patadas, completamente indiferente.

-¿Has visto unos tacones por aquí?- Pregunté a un ser humano que parecía atragantarse con su propia sangre. Intentó mirarme, pero sus ojos se perdían antes de llegar a los míos.
Salieron unas asquerosas burbujas rojas de las comisuras de sus labios y gimió. Pero no me contestó. Estaba descalza, me dolían los pies y ese hombre inútil no sabía dónde estaban mis tacones.
Solo quería volver a casa.

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