miércoles, 12 de agosto de 2015

Arriba.

Allí estaba ella, al borde del charco más grande del mundo: Su acantilado.
Miraba al vacío como si saltar fuera el sueño de su vida, como si despeñarse fuera la única opción y, desde luego la mejor.

Nunca había visto tanta agua salada junta. Y había visto mucha en bastantes ocasiones. Demasiadas tal vez.

El viento agitaba su cabello y un escalofrío recorrió su espalda. No dudaba ni un instante, saltar era el sueño de su vida.


-No puedes hacerlo.- Un joven rubio de ojos verdes apareció, como salido de la nada, apenas un par de metros a su espalda. Una sonrisa triste se dibujó en sus finos labios.

Una pequeña pluma se posó al borde del acantilado, saltando sin dudar.


-Voy a hacerlo. – Dijo ella con la expresión de un niño cuando quiere jugar a algo que está prohibido.
-Ojalá pudieras. Pero sigues siendo tú. Seguimos siendo nosotros.


Muchos metros abajo el mar embestía las rocas con rabia. La misma rabia que hacía que a ella se le pusiera la piel de gallina al recordar cómo era todo unos años atrás, cuando renació, cuando pudo ser fuerte para salir del agujero, cuando aquel chico le salvó la vida, no una vez, si no cada noche. Cuando merecía la pena seguir adelante, despertar por las mañanas y cada noche, volver a su lado, sabiendo que él la comprendería, que la abrazaría y que le daría fuerzas. Una y otra vez. Una y otra vez.


Pero aquello se había acabado.

Ella había renacido, ahora era alguien que debía ser fuerte. La supervivencia era parte de ella, algo de lo que no podía deshacerse. La fuerza, el seguir adelante.
Pero aquello se había acabado.

La cabaña y la cama donde dormían cada noche, volar hasta lo más alto hasta no poder respirar y caer en picado, frenando en el último segundo, oliendo la hierba siempre verde.
Mirar la luna, tan insignificante cerca de él, perderse en los bosques y darse cuenta de que aquello solo era posible en ese pequeño rincón del mundo.
Aquello se había acabado. Aquello había desaparecido.

Ahora no quedaba esperanza, ni lucha, ni sueños, ni lunas. Todas las noches el cielo se nublaba y no había nada que admirar. Todos los días pasaban como si no mereciera la pena seguir adelante, en un bucle incesante de constancia y ganas a presión.
Pero quedaba la fuerza. Quedaban las alas. Todo lo que aquellos días, aquellas noches, todo lo que aquel mundo le había dado seguía formando parte de ella y jamás podría deshacerse de ello.

Quedaban las alas.


-No puedes hacerlo, y yo tampoco. Lo siento. – Repitió el chico.
-Tengo que hacerlo.- Sonrió con lágrimas en los ojos, con una desesperación que no podía contener.
-Pero…
-¡Me has destrozado! ¡Ahora ni siquiera tengo derecho a decidir!
-Creía que si podía hacer que fuera imposible que te destruyeras serías feliz, sin dolor, sin pesadillas. – Hizo una pausa y apartó la mirada. – Siempre estaríamos juntos.

-Ese era el plan. – Contestó ella con rotundidad sin dejar de mirarle. – Pero todo se acabó, no podemos estar juntos, solo puedo mirar a mi alrededor y ver la estúpida realidad que siempre me ocultaste, la realidad de la que me estabas protegiendo, hasta que dejó de estar en tus manos. Nunca me enseñaste a luchar, me enseñaste a esperar, a aguantar, a ser fuerte contigo, ¿qué hago ahora que no estás?

-Yo estoy aquí. – Susurró.
-No, no estás. Ya nunca estarás. – Sentenció ella clavando la mirada en sus ojos verdes y dejando resbalar una lágrima por su mejilla.


Él comenzó a difuminarse, ante su triste mirada de resignación, como si se lo llevara el viento que tan fuerte soplaba allí arriba.
Solo quedaron revoloteando a su alrededor un puñado de plumas blancas que poco a poco y decididamente se lanzaban al charco más grande del mundo. Sin dudar.

Y sin dudar ella también saltó, sintiendo, como en aquella época cuando saltaba desde lo más alto, el viento dejándole la cara helada, el aire tan fuerte que no podía entrar en sus pulmones, un leve mareo, cerrar los ojos y, justo en el último segundo, oliendo el mar, frenar y alzar el vuelo. Desplegar unas enormes alas blancas que ya no le servían de nada, pero de las que no podía deshacerse. Y volar. Volver a volar. Sin quererlo.

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