jueves, 29 de octubre de 2015

Coleccionando tuercas.

Decidir por el destino e inspirarme pensando en quien nunca conocí, aunque a veces crea que te conozco demasiado.

Ya era hora de que te describieran a ti.


La sombra de mi inspiración, el recuerdo de lo que nunca viví.

Pasa los días entre páginas de libros de fantasía y poesías inacabadas. Esperando que alguien descubra que tras esas palabras, hay algo más que magia.
Su vida depende de cuánto su amor se deje conocer. Y aunque nunca conoció el amor, a veces cree que lo conoce demasiado.
Ellas fueron su vida y su muerte. Ellas son sus poemas y cada linea trazada en su muñeca con un cuter oxidado.
Se considera un recuerdo del futuro, aun siendo una razón en el presente.
Dejó de lado el licor para esconderse en su rincón del colchón, rezando al dios en el que nunca creyó, porque esta sea la última carta que escriba. Por cambiar su prosa por la vida definitiva.
Enamorándose día a día. Buscando sonrisas falsas en bibliotecas públicas. Sin vivir por dejar que otros le den vida.
Sin saber que existo, y sin querer que exista.
Poniéndose en el lugar de cada parpadeo. Bailando un vals por cada bocado al miedo.
Yendo demasiado rápido, entrenando para después salir huyendo. Antes de dar tiempo a que su corazón estalle por culpa de zorras que se creen princesas. Zorras de ojos marrones, que se creen princesas de ojos azules.
De puerta en puerta, coleccionando tuercas, para devolverselas algún día a la loca que las perdió.
Pasando madrugadas imaginando. Casi tan demente como lo fui yo.
Vomitando el pasado. Comiéndose el futuro. Abandonando el presente, a su muerte.
De las pocas personas que aun saben apreciar lo bueno. Haciéndo comparaciones entre resignación y decepción. Jugando a ser un niño. Como si aun no se entendiera. Como si no nos entendiéramos.
Y no cree, aunque lo crea.

Y yo, dandome cuenta, de que sentirte, no es lo mismo que describirte.

martes, 20 de octubre de 2015

Hay que estar loco.

Y allí me encontraba, frente a un cuaderno viejo, sin saber por dónde empezar. O por dónde terminar.

Mi sueño de toda la vida había sido ser escritora. Me encantaba leer. Conocía más escritores que la mayoría de los adultos que me rodeaban, a excepción de mi abuelo, el cual me enseñó casi todo lo que sabía.
En ocasiones hablábamos de filosofía. Otras veces inventábamos historias increíbles, normalmente basadas en libros que habíamos leido. Ese tipo de libros infantiles que solían contenter una chispa de madurez en su mensaje. Otras veces simplemente, nos sentábamos en el jardín, con un par de butacas viejas a leer, desde que terminabamos de comer, hasta que se iba el sol.
A pesar de mis ganas e ilusiones, jamás conseguí escribir nada que superara las cincuenta páginas, y las historias, que, con suerte, llegaban a esa cifra, acababan por no gustarme y por morir quemadas en la chimenea de los olvidos, como la llamaba mi abuelo. Un lugar donde iba a parar todo lo que escribiamos y de lo que nos arrepentíamos luego. Aunque él apenas la usaba y era poco partidario de ello. Creo que tan solo era una excusa, ya que, algo tenía que decirme, cuando le sorprendí quemando, con lágrimas en los ojos, una historia en la que trabajó durante dos años. Pero eso es otro cuento.

Aquel día, era el tercero desde que me decidí a escribir mi primer libro en condiciones. Como tantas otras veces.
Y, como tantas otras veces, solo tenía un cuaderno viejo, con la mayoría de páginas arrancadas, y las que aun conservaba, repletas de palabras sin sentido, tachones, garabatos y frases sueltas.

-¿Cómo vas, escritora?- Pronunció una voz a mis espaldas.
No supe si lo dijo en tono de burla o de modo cariñoso.
-Como siempre...- Contesté con un suspiro, mientras tomaba de la mano de mi abuelo, un vaso de leche que me ofrecía.
-¿Qué te preocupa?-
Y, Cómo no, siempre acertaba. Lo cierto es que, llevaba poco menos de un año con una "leve" preocupación que no me dejaba siquiera pensar en condiciones, sin acabar contradiciendome a mi misma a cada palabra que se me pasaba por la cabeza.
-Abuelo...- Casi suspiré. Me giré hacia él, con el vaso de leche entre las manos, y tras dar un pequeño primer sorbo, continué hablando.
-Creo que me he equivocado.- Me miró con una mezcla entre duda y sorpresa.-Me he pasado la vida soñando. Leyendo hasta no poder más, tú lo sabes. Seguramente haya leido todos los libros del mundo- Soltamos una pequeña carcajada.-Y tal vez eso no sea bueno.
-No comprendo.- Pronunció mientras dejaba notar que ponía aún más atención a lo que le decía.
-Creo que estoy loca.
Un largo silencio inundó la habitación, y mi abuelo mantenía una expresión tras la que parecía, se encontraban horas de risa contenida.
-Pero, ¿Qué dices?- Preguntó con una sonrisa. Suspiré.
-Sí, imagino demasiado. Pienso demasiado. Pienso demasiado en cosas que no existen, cosas que me encantaría que existieran y cosas que creo que puedo crear en las páginas de un libro.
-Pero, ¡Eso es buenísimo! Es justo lo que queremos, ¿No es así?.
-¿Cómo escribiría eso, abuelo? ¿Cómo podría yo escribir sobre lo que imagino diariamente? Sobre como quisiera que fuera el mundo, o las personas que quisiera que existieran en él- Bebí un par de sorbos de la leche, para ayudar a bajar el nudo que se me estaba creando en la garganta. -Es una locura. Le he hablado a tanta gente de lo que imagino, de lo que me gustaría crear, que muchos me toman por loca, y si escribiera un libro sobre ello, se lo tomarían más como la biografía de la niña loca que siempre habla de utopías, que como una buena historia.
-Pequeña- Dijo tras una pausa en la que mantuvo su mirada clavada en mi, con una extraña admiración. -Para ser escritor, hay que estar realmente loco.