jueves, 31 de marzo de 2016

Sumamente fascinante.

Brillaba más que la mismísima primavera.

Nunca olvidaré la primera vez que la vi. A pesar de ser invierno una extraña y cálida luz manaba de ella.

Es curioso como las ilusiones, las esperanzas, la chispa de vida que te da la novedad, el descubrir y el deseo hacen que cambiemos nuestra rutina drásticamente.

Yo no solía adentrarme en aquel parque. Lo cierto es que nadie solía adentrarse en aquel parque. Algunos quizá por no encontrar su entrada, practicamente oculta, como todo lo demás. Otros, sospecho que la mayoría, por no encontrarle ningún encanto.
Era enorme y repleto de gran variedad de plantas, árboles y bancos astillados, pero estaba totalmente descuidado. Pasear por allí hacía sentir a uno la más pura sensación de soledad y abandono.

Durante el verano las flores se secaban y durante el otoño los pocos senderos que quedaban despejados se inundaban de charcos y espeso fango.
Tan solo solía dar paseos por aquel lugar cuando sentía que me iba a explotar la cabeza y, aunque no me hacía sentir mucho mejor conmigo mismo, me alejaba de cualquier persona que pudiera ser víctima de mi mal humor.

A veces observaba el ancho río que se dibujaba a través de un hueco escondido entre la maleza. No había otra forma de ver el agua. Lo tomé como un síntoma más de lo poco cuidado que estaba aquel lugar. Supongo que si se hubieran esmerado un mínimo en adaptarlo al público lo primero que habrían hecho sería despejar las vistas a un paisaje agradable.

Seguramente las pocas personas que alguna vez pasearan por allí ni siquiera eran conscientes de que tenían un río a apenas unos metros.

Y allí fue donde la vi por primera vez.
No recuerdo el mes exacto, pero sí el frío que tensaba cada uno de mis músculos y hacía que el grueso abrigo de plumas que llevaba fuera tan útil como un trapo viejo.
Casi me disponía a retirarme de aquella posición, casi aparté la vista del río cuando me percaté de su presencia.
Quizá no la vi desde el primer momento porque acostumbraba a fijar la vista en el río, apenas unos centímetros frente a ella. Quizá fuera por su silencio sobrecogedor.

La joven de cabello negro y liso se mantenía en profunda quietud, sentada sobre una roca a no más de cinco metros de donde yo me encontraba.
Con la cabeza gacha, las rodillas encogidas y dándome la espalda sostenía un libro entre sus manos y lo leía con absoluta concentración.

Dicen que no existe el amor a primera vista. Yo no sé nada del amor, pero si alguna vez he llegado a sentir algo parecido fue en aquel momento.
Algo me obligó a mantenerme muy quieto mientras mi corazón trataba de retomar su ritmo normal. Temeroso de repente de que se percatara de mi presencia y saliera huyendo como un cervatillo asustado.
Poco a poco recobré la compostura y me alejé lentamente de allí, tratando de no llamar su atención. Temiendo que me tomase por un mirón.

Lo dicho. Es curioso como la novedad, la curiosidad, cambia tu rutina. Pues a pesar de todo, desde aquel día comencé a ir a ese parque abandonado todas las tardes para, simplemente, observar a aquella chica solitaria que leía tantas novelas de misterio.

Algunos podrían decir que estaba obsesionado, pero a juzgar por los autores que a ella parecían gustarle, supe que de conocer la situación que vivía sin saber le habría resultado sumamente fascinante.

Me entusiasmaba su entusiasmo, su soledad, su piel blanca y sus uñas rojas. Su concentración y su delicada forma de pasar las páginas de los libros.
Con el paso del tiempo comencé a esperarla. Sabía qué días de la semana iba al parque y cuanto tiempo permanecía envuelta en aquella burbuja que le daba un aire mágico de misterio y tranquilidad.
Parecía ser inmune a las bajas temperaturas, puesto que durante todo el invierno se deshacía cada tarde de su abrigo para colocarlo sobre aquella roca junto a la orilla y sentarse sobre él.

Casi se me salió el corazón del pecho el día en que, mientras la esperaba dando un paseo por el descuidado sendero, la vi llegar de frente.
Me dedicó la mirada más hermosa del mundo, una sonrisa cordial y un tímido "hola".
No pareció extrañarse de aque alguien más visitara aquel lugar y se dirigió sin más dilación hacia su casi oculta roca.
Sí, suya. Era suya. El parque entero era suyo. El río también era suyo. El viento, los árboles. Y yo. Todo lo que la rodeaba era suyo.
Yo no pude articular palabra y le correspondí con un ligero y ridículo asentimiento de cabeza.

Acercándose el final de la primavera, el sentimiento por aquella divinidad se acentuó. Los pantalones cortos y las camisetas de tirantes dejaban aún más a la vista la hermosura y perfección de su cuerpo.
Fue en aquellos días cuando decidí que no podía retenerme más. Cuando pensé en lo mucho que podría perder a causa de mi estúpida timidez. Cuando pensé en la posibilidad de que aquella chica cambiara su rutina y dejara de verla para siempre.
Fue en aquellos días cuando decidí que debía acercarme a ella.

Me costó dar el paso, pero finalmente llegó el día más feliz de mi vida.
Estaba leyendo "La mitad oscura" cuando di los primeros pasos. Nunca olvidaré ese libro. Lo he leído decenas de veces desde entonces. Lo cierto es que no he leído ningún otro libro desde entonces.

Traté de ser silencioso, pero una rama seca se rompió bajo mis pies cuando me encontraba a un metro de ella.
Vi que se sobresaltaba y giraba rápidamente la cabeza agitando el oscuro cabello que de repente me pareció un tornado.
Sus ojos se encontraron con los míos y dibujó una sonrisa nerviosa. La más bonita del mundo.
-Qué susto. - Casi murmuró.
-Lo siento, no era mi intención. - Pronuncié con voz temblorosa y con el corazón latiéndome a toda velocidad.

Mantuvo su mirada sobre la mía y sin tener que acercarme más que unos centímetros agarré su preciosa melena y sumergí aquel delicado rostro en el profundo río.
Solo tuvo tiempo de soltar un breve y agudo grito que casi rompió la magia del momento. Solo casi.

Manteniendo la fuerza en mi brazo para impedir que sacara la cabeza del agua me fui acercando más hasta colocarme cómodamente donde hacía unos instantes había estado ella sentada. Así me facilité el empujar el resto de su cuerpo aún seco.
La chica pataleaba y agitaba los brazos, arañando los míos y creando multitud de burbujas y preciosas ondas sobre la superficie del río.

Me sorprendió lo fría que estaba el agua en aquella época del año.

Su cabello se agitaba ondeando entre las pequeñas olas como un manto de seda negro.
Al cabo de un rato soltó mis brazos magullados y clavó las uñas en la roca sobre la que yo mismo me posaba. Estas saltaron una a una, dejando finas líneas de sangre junto a mis pies.
No era agradable. Odiaba la sangre. Y más si provenía de una chica bonita.
El corazón se me volcó aflijido por su acción y decidí llamar su atención agarrándola aún más fuerte de la cabeza y golpeándola contra el borde de roca bajo el agua.

Aparté rápidamente mis manos al ver que el agua se teñía de rojo y el cuerpo de aquella hermosa chica quedaba flotando inerte.

Con un gesto de desagrado me sequé las manos manchadas con las hojas de los árboles cercanos y me incorporé observando la más hermosa maravilla del mundo balanceándose sobre la superficie. El pelo ocultando su rostro y sus senos marcados bajo la camiseta mojada.

Tomé el libro húmedo que reposaba junto a la orilla y volví a mirarla.

-De conocer la situación que vivías te habría resultado sumamente fascinante.

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