martes, 21 de julio de 2015

Desenlace.

Y de repente dejas de ser espíritu. Dejáis de ser espíritu.
El mundo pesa. Recuperas las sensaciones humanas. Tienes que mover las piernas para andar.
Parpadeas y todo se esfuma.
El mundo pesa.
El que nunca ha sido espíritu no entiende lo que es eso.
Cuando siempre eres humano te acostumbras a que todo canse. Eres fuerte. Pero el espíritu no necesita fuerza. Nunca.

De repente eres solo medio espíritu con un cuerpo entero.
No sabes a qué cuerpo habrá ido a parar tu otra parte. Estás roto. A medias. Y aunque encontraras (sin jamás reconocerlo) a tu otra parte, nunca podréis volver a ser uno.

Dejas de ser libre. Dejas de flotar. Echas a andar. Buscas situaciones humanas. Pero cómo adaptarte si ya has sido espíritu.

Intentaré describirlo con sensaciones humanas:
Un puñetazo en la boca del estómago.
Solo eso, pero siempre.
Todo es cuesta arriba, te quedas sin aliento, se te nubla la vista. Y vives con esa sensación el resto de tu vida, sabiendo que una vez fuiste espíritu y que nunca volverás a serlo.
Sabiendo que debes buscar motivos, cuando antes nada importaba.

Cuando era humana no necesitaba respirar. Ahora siento que se me congelan los pulmones a cada bocanada de aire.
Ahora es tan difícil explicar emociones, sensaciones y sentimientos. Antes sobraba con sentirlo.

Y hay tanto y todo es tan grande. Y aun así ya no hay eternidad ni infinito. Y esto impone más.

Hay tantos humanos. No hay ningún espíritu. Todos están rotos. Al menos ellos tienen la suerte de no ser conscientes.
El mundo pesa.
Maldito cuerpo, maldito envoltorio, maldita la caida que me rompió y me separó de mi.
Quizá ya no exista. Aunque dicen que esto es existir.

Nudo.

Es bonito ser solo espíritu.
Ser solo un espíritu después de haber sido a pedazos y haber soportado el peso de dos cuerpos humanos durante tantos años.

Siendo espíritu no hay ataduras. Solo se puede sentir y compartir, sin repartir, cada una de las emociones.
Todo es esperanza y eternidad. No hay miedo ni culpa. Ni rencor, ni errores. Porque no hay actuación. Solo libertad.
Sin pensar.

Flotamos (floto) y durante un instante tengo la misma sensación que cuando íbamos a 200 kilómetros por hora. Solo que no lo recuerdo. Solo siento. Con la intensidad que siente un espíritu tan grande que no cabe en un cuerpo.

Sin mirada, sin tacto, sin recuerdos.
Sentir tal pasión cuando solo eres espíritu es algo indescriptible.
Un humano jamás podría entender tal pureza. Es un amor más grande de lo que cualquiera es capaz de percibir.

Intentaré describirlo con sensaciones y emociones humanas:
Imagina la caída libre en la montaña rusa más alta del mundo.
La primera vez que montas en tren.
Descubrir tu libro favorito.
Un abrazo por la espalda. Su mano en tu barriga.
Sumergir la cabeza en el agua helada teniendo el rostro ardiendo del sol.
Abrazar a un cachorro.
Salvar una vida.
La satisfacción de un trabajo bien hecho.
Una tormenta de verano.
Sábanas frías. Chocolate caliente.
Vértigo.
El tacto de una pluma.

Mezcla todo esto y multiplicalo por cien.
Es una mínima parte de lo que se siente al ser juntos un solo espíritu flotando en la inmensidad.
Eso es amor. Y los seres humanos jamás han sentido el amor. Al menos no siendo humanos.

domingo, 12 de julio de 2015

Alaska.

¿Qué puedo decir de Alaska?
Cuando emprendí aquel viaje sabía que acabaría siendo un iceberg soportando una tormenta día tras día.
Sabía que salvar Alaska jamás iba a ser fácil. Y tanto que ha sido la misión más difícil de mi vida. Pero quizá la única que ha merecido la pena.

He recorrido mundo, he dormido en ciudades y paises que latían de formas muy diferentes, que comprendido cada una de las costumbres de estas y siempre me he llevado de ellas lo que más les dolía. Yo he cargado con el peso de escenarios preciosos y nunca me ha importado.

Soy viajera, aventurera, he nacido para esto y me gusta aprender y llevarme todo lo posible. Lo quiero todo.

Pero Alaska fue especial. Alaska fue distinta. Alaska me arrancó el corazón. Y cómo iba a poder mantenerme en pie sin corazón. Cuánto me arrastré por esos páramos infinitos. Aun me duelen las rodillas.

Alaska es frío.

Me pidio promesas y yo prometí, me pidió la vida y se la di. Ningún lugar me había enamorado como ella y a ningún lugar odie tanto después.

Eso sí fue una guerra y no lo de Rusia.
Nos destruimos sin piedad, todo porque yo me quedé vacía, cuando Alaska necesitaba siempre más.
Yo no pude darte más. Y me congelaste el alma.

Tus auroras boreales serían siempre las más bonitas del mundo, pero yo jamás las prodría tocar. Ni comprender.
Tus bosques serían siempre los más bonitos del mundo. Pero tú eras un desierto de hielo. Y yo solo tu iceberg.
Intentando no derretirme.

Es una pena, porque fuiste maltrato aunque pienses que no. Pero tus paisajes eran tan bonitos que no me importaba en absoluto. Que por mi habría muerto sobre ti sin pensarlo dos veces.

Suerte que te importo una mierda y después de vaciarme y congelarme el alma me pegaste una patada y me hiciste desaparecer.

Londres.

Perdoname, Londres, que nos dimos dos años de vida y aquí sigo, escribiendo y respirando.

Nos prometimos un tiro en la cabeza en homenaje a Kurt Cobain y solo he de decirte que fui tan capaz de hacerlo como de volver a ti, pero joder, habría sido tan estúpido como adorar a Nirvana por los ojos azules del rubito.

Londres, solo me enseñaste a delinquir y a discutir, a no preocuparme, porque solo debía parecer que las cosas dolían, darle intensidad para ser un artista. Forzar la intensidad, para creernos artistas.
Pero los graffitis eran una mierda y las canciones aun más.

Tengo que decirte que llegar a ti fue un simple acto de rebeldía. Las pulseras de pinchos y las camisetas rotas solo me hacían odiar y odiarme.
No pude no preocuparme. No pude fingir intensidad para ser una artista.
Yo quise ir a Londres para ser Londres y vivir por ella, para ella y con ella. Pero Londres era una farsa.

Sid no era tan guapo cuando se drogaba, su amor no era envidiable.

Cuántos cristales rompimos. Cuántos cristales rompiste en las calles de Londres, en ti, sin darte cuenta.
Porque tú cumpliste tu promesa de pegarte un tiro en la cabeza en homenaje a Kurt.

Italia.

Allí donde solíamos gritar, como diría Santi Balmes.

Italia era la casa de los gritos, humo y pizza. No pensar. Solo gritar.
A toda velocidad cantando Extremoduro, dejandonos los pulmones en medio de la autopista. Italia tenía la voz más bonita del mundo.
Italia rugia y lloraba.

Nunca olvidaré el día en que vi a Italia llorar por la imposibilidad de amar, por lo atada que estaba a la libertad. Pedía perdón al amor y suplicaba que no se fuera, que le permitiera observarle un poco más.
No podía vivir sin amor, pero no podía abrazarlo.
El amor para Italia era como un sueño lúcido, tan imposible como real.

Pero luego se secaba las lágrimas, se asomaba al balcón y gritaba. Y la casa de los gritos parecía a punto de derrumbarse.
Mientras yo odiaba el amor y lanzaba muebles contra las paredes. Mientras yo agonizaba de impotencia por no poder darle a Italia lo que necesitaba.

Y ella seguía viniendo a buscarme con su paraguas cada día de aquel otoño, con esa mirada azul y ese grito en la punta de la lengua. 
Seguía regalandome humo, viajes, sonrisas muy bien fingidas y música.

Qué bien cantaba en inglés y qué mal hablaba en italiano.

Rusia.

Canciones rojas y plazas bonitas.
En Rusia aprendimos a parar el tiempo, nadie como nosotros sabía hacerlo.
Conocimos el miedo, el "no sé cómo hacer esto". El "vengo de la otra punta del mundo, arrancame las raíces".
En Rusia las guitarras eléctricas sonaban como un piano, como Brian Crain. Una nana.
Aprendimos a odiarnos y autodestruirnos. Y amarnos tan fuertemente que de un abrazo nos hacíamos añicos.
Yo secaba tus lágrimas y tú secabas las mías, pero nunca las evitabamos. Qué importaba. Estabamos en guerra.
Yo no iba a frenar los bombarderos ni las traiciones. Yo no iba a eliminar la rabia y la oscuridad de tus ojos. Por ti y hacia ti.

No pude salvar Rusia, así que decidí morir con ella. Y así, morir en ella.

Cuánta rabia. Nunca vi tanto dolor en una relación de amor. Y pensar que todo era mentira, que el amor solo era una palabra, una falsa promesa.
Pero cuánto me gustaba creerme las mentiras. Cuánto me gusta. La ilusión es la esencia de la vida, aunque sea un espejismo.
Eras un espejismo precioso. Un espejo roto.
No importaba si no podía sacarte de aquel agujero, porque entraría en él día tras día para dejarte una, o mil tabletas de chocolate y a decirte "todo irá bien".

Ah, ¿cuántas veces lo dijimos? "Todo irá bien.", con lágrimas en los ojos. "Todo irá bien", con impotencia en la garganta. "Todo irá bien", con un nudo en el estómago. "Todo ira bien", haciendo el odio. "Todo irá bien", estrellandonos contra las paredes.
Pero me gustaba estrellarme contra aquella pared, porque siempre me cogías de rebote. Nunca tocaba el suelo y, aunque no fuera real, yo creía volar.

Sobrevolar Rusia, querer morir en ella. Con ella. Pero Rusia no me quería. Rusia queria morir sola.