miércoles, 22 de febrero de 2017

Tres puntos.



Imagina que nada de esto ha ocurrido. Que no nos hemos conocido en esta época ni en este tiempo ni en esta racha ni con esta edad.

Imagina que no soy como soy. O solo con lo bueno. Imagina que no soy la persona más autodestructiva que has conocido nunca. Que la ansiedad no ha pasado nunca por mi pecho y que nunca me he hecho daño.

Imagina que fueramos normales y discutiéramos por ser impuntuales o porque has pagado más pizzas que yo.

Que nos vamos al fin del mundo en caravana o en coche, o en autobús, que nos bañamos juntos en la playa sin complejos, que sentimos celos de nuestros exs, que hacemos el amor todas las noches y no me echo a llorar después.

Qué bonito sería si no fuera yo. Si todo esto no lo hubiera provocado yo. Si mi mierda nunca te hubiera salpicado. Como a todos. Y tú dices que no te importa. Como todos.

Dices que no vas a permitir que nada te separe de mí y que me quieres con lo bueno y con lo malo. Pero yo creo que me quieres porque te quiero, porque quién soportaría esto.
Si me cargo a todo el que se me acerca.

No quiero romperte a ti, que eres lo que más quiero. No quiero romperte como lo he hecho con todo. Y sé que voy a terminar haciéndolo.

Así que voy a fingir que no estamos en esta época, ni en este tiempo, ni en esta racha ni con esta edad. Voy a fingir que no soy como soy, que solo soy lo bueno. Que no me autodestruyo ni tengo ansiedad ni me hago daño.

Voy a fingir que soy normal y discutiré porque eres impuntual o porque pagas más pizzas que yo.

Voy a soñar que voy al fin del mundo contigo y nos bañamos en el mar sin complejos. Voy a ponerme celosa de tus exs y voy a hacerte el amor todas las noches sin echarme a llorar después.

Será bonito no ser yo. Será bonito dejar de salpicar a todo el mundo.

lunes, 20 de febrero de 2017

De las que dan miedo.





 He intentado ser fuerte, pero siempre rompo algo.
He intentado ser aire, pero siempre termino asfixiando.
He intentado ser agua, pero siempre termino ahogando.
Caigo cuando corro y si me quedo quieta siempre echo raíces en los peores asfaltos.
Siempre en el ojo del huracán, en el centro de la tormenta y en los faros más apagados.
Pero espero y me mantengo, con grietas, pero entera. Como una muñeca de porcelana de esas que dan miedo. De esas.
A las que les quitas la ropa y por dentro es todo trapo. Sucio y mojado. Del agua salada que rompe en el faro.

sábado, 14 de enero de 2017

Espejismo.



La verdad, hoy vengo a haceros un poco de spam y comentaros que acabo de subir la primera parte de mi nuevo trabajo a Wattpad: Espejismo.

Es una novela corta en la cual los capítulos se componen de cartas y documentos que forman parte de una investigación sobre los días previos a la extraña muerte de una adolescente.

Subiré un nuevo capítulo cada fin de semana. Espero que os guste y como siempre, se agradecen comentarios, votos y difusión (:

Os dejo el link por aquí y próximamente pondré botón directo en el blog para acceder a la novela tal y como hice con mis otras dos historias.

Gracias y mil abrazos.

https://www.wattpad.com/story/95573335-espejismo

lunes, 9 de enero de 2017

¿Y si no?




Qué bien estaba en mi cueva en el acantilado, viendo los maremotos y huracanes desde arriba, disfrutando del calor del fuego y las chispas que lanzaban las ramas secas.
Ya había echado a la hoguera todo el pasado y los malos recuerdos, aun sabiendo que el olor de ese humo quedaría para siempre impregnando mi cuerpo.

Parecía que el miedo había acabado y lo único que quedaría de ello serían imágenes translúcidas que no serían carga alguna para mí.
Parecía que podía vivir allí para el resto de la eternidad,abrazándome a mí misma y aprendiendo a quererme y a saber estar sola. Parecía que no necesitaba a nadie. Qué más da todo, tío.

Pero ahora sé que me engañaba y que la verdadera superación no estaba en hacer una hoguera y quemar la oscuridad. La verdadera superación estaba en dejar de contemplar los maremotos y saltar. Desde el borde del acantilado, desde fuera de la cueva. Enfrentarme a las mareas y llegar viva a la orilla.
Pero la calma se ve tan lejos...
¿Y si el agua no arranca de mi cuerpo el olor del humo de los recuerdos? ¿Y si sigo cargando con ello allí abajo y me hunde? ¿Y si no sobrevivo a los maremotos? ¿Y si se puede vivir con miedo? Pero, ¿y si no se puede vivir con miedo?

jueves, 31 de marzo de 2016

Sumamente fascinante.

Brillaba más que la mismísima primavera.

Nunca olvidaré la primera vez que la vi. A pesar de ser invierno una extraña y cálida luz manaba de ella.

Es curioso como las ilusiones, las esperanzas, la chispa de vida que te da la novedad, el descubrir y el deseo hacen que cambiemos nuestra rutina drásticamente.

Yo no solía adentrarme en aquel parque. Lo cierto es que nadie solía adentrarse en aquel parque. Algunos quizá por no encontrar su entrada, practicamente oculta, como todo lo demás. Otros, sospecho que la mayoría, por no encontrarle ningún encanto.
Era enorme y repleto de gran variedad de plantas, árboles y bancos astillados, pero estaba totalmente descuidado. Pasear por allí hacía sentir a uno la más pura sensación de soledad y abandono.

Durante el verano las flores se secaban y durante el otoño los pocos senderos que quedaban despejados se inundaban de charcos y espeso fango. 
Tan solo solía dar paseos por aquel lugar cuando sentía que me iba a explotar la cabeza y, aunque no me hacía sentir mucho mejor conmigo mismo, me alejaba de cualquier persona que pudiera ser víctima de mi mal humor.

A veces observaba el ancho río que se dibujaba a través de un hueco escondido entre la maleza. No había otra forma de ver el agua. Lo tomé como un síntoma más de lo poco cuidado que estaba aquel lugar. Supongo que si se hubieran esmerado un mínimo en adaptarlo al público lo primero que habrían hecho sería despejar las vistas a un paisaje agradable.

Seguramente las pocas personas que alguna vez pasearan por allí ni siquiera eran conscientes de que tenían un río a apenas unos metros.

Y allí fue donde la vi por primera vez.
No recuerdo el mes exacto, pero sí el frío que tensaba cada uno de mis músculos y hacía que el grueso abrigo de plumas que llevaba fuera tan útil como un trapo viejo.
Casi me disponía a retirarme de aquella posición, casi aparté la vista del río cuando me percaté de su presencia.
Quizá no la vi desde el primer momento porque acostumbraba a fijar la vista en el río, apenas unos centímetros frente a ella. Quizá fuera por su silencio sobrecogedor.

La joven de cabello negro y liso se mantenía en profunda quietud, sentada sobre una roca a no más de cinco metros de donde yo me encontraba.
Con la cabeza gacha, las rodillas encogidas y dándome la espalda sostenía un libro entre sus manos y lo leía con absoluta concentración.

Dicen que no existe el amor a primera vista. Yo no sé nada del amor, pero si alguna vez he llegado a sentir algo parecido fue en aquel momento.
Algo me obligó a mantenerme muy quieto mientras mi corazón trataba de retomar su ritmo normal. Temeroso de repente de que se percatara de mi presencia y saliera huyendo como un cervatillo asustado.
Poco a poco recobré la compostura y me alejé lentamente de allí, tratando de no llamar su atención. Temiendo que me tomase por un mirón.

Lo dicho. Es curioso como la novedad, la curiosidad, cambia tu rutina. Pues a pesar de todo, desde aquel día comencé a ir a ese parque abandonado todas las tardes para, simplemente, observar a aquella chica solitaria que leía tantas novelas de misterio.

Algunos podrían decir que estaba obsesionado, pero a juzgar por los autores que a ella parecían gustarle, supe que de conocer la situación que vivía sin saber le habría resultado sumamente fascinante.

Me entusiasmaba su entusiasmo, su soledad, su piel blanca y sus uñas rojas. Su concentración y su delicada forma de pasar las páginas de los libros.
Con el paso del tiempo comencé a esperarla. Sabía qué días de la semana iba al parque y cuanto tiempo permanecía envuelta en aquella burbuja que le daba un aire mágico de misterio y tranquilidad.
Parecía ser inmune a las bajas temperaturas, puesto que durante todo el invierno se deshacía cada tarde de su abrigo para colocarlo sobre aquella roca junto a la orilla y sentarse sobre él.

Casi se me salió el corazón del pecho el día en que, mientras la esperaba dando un paseo por el descuidado sendero, la vi llegar de frente.
Me dedicó la mirada más hermosa del mundo, una sonrisa cordial y un tímido "hola".
No pareció extrañarse de aque alguien más visitara aquel lugar y se dirigió sin más dilación hacia su casi oculta roca.
Sí, suya. Era suya. El parque entero era suyo. El río también era suyo. El viento, los árboles. Y yo. Todo lo que la rodeaba era suyo.
Yo no pude articular palabra y le correspondí con un ligero y ridículo asentimiento de cabeza.

Acercándose el final de la primavera, el sentimiento por aquella divinidad se acentuó. Los pantalones cortos y las camisetas de tirantes dejaban aún más a la vista la hermosura y perfección de su cuerpo.
Fue en aquellos días cuando decidí que no podía retenerme más. Cuando pensé en lo mucho que podría perder a causa de mi estúpida timidez. Cuando pensé en la posibilidad de que aquella chica cambiara su rutina y dejara de verla para siempre.
Fue en aquellos días cuando decidí que debía acercarme a ella.

Me costó dar el paso, pero finalmente llegó el día más feliz de mi vida.
Estaba leyendo "La mitad oscura" cuando di los primeros pasos. Nunca olvidaré ese libro. Lo he leído decenas de veces desde entonces. Lo cierto es que no he leído ningún otro libro desde entonces.

Traté de ser silencioso, pero una rama seca se rompió bajo mis pies cuando me encontraba a un metro de ella.
Vi que se sobresaltaba y giraba rápidamente la cabeza agitando el oscuro cabello que de repente me pareció un tornado.
Sus ojos se encontraron con los míos y dibujó una sonrisa nerviosa. La más bonita del mundo.
-Qué susto. - Casi murmuró.
-Lo siento, no era mi intención. - Pronuncié con voz temblorosa y con el corazón latiéndome a toda velocidad.

Mantuvo su mirada sobre la mía y sin tener que acercarme más que unos centímetros agarré su preciosa melena y sumergí aquel delicado rostro en el profundo río.
Solo tuvo tiempo de soltar un breve y agudo grito que casi rompió la magia del momento. Solo casi.

Manteniendo la fuerza en mi brazo para impedir que sacara la cabeza del agua me fui acercando más hasta colocarme cómodamente donde hacía unos instantes había estado ella sentada. Así me facilité el empujar el resto de su cuerpo aún seco.
La chica pataleaba y agitaba los brazos, arañando los míos y creando multitud de burbujas y preciosas ondas sobre la superficie del río.

Me sorprendió lo fría que estaba el agua en aquella época del año.

Su cabello se agitaba ondeando entre las pequeñas olas como un manto de seda negro.
Al cabo de un rato soltó mis brazos magullados y clavó las uñas en la roca sobre la que yo mismo me posaba. Estas saltaron una a una, dejando finas líneas de sangre junto a mis pies.
No era agradable. Odiaba la sangre. Y más si provenía de una chica bonita.
El corazón se me volcó aflijido por su acción y decidí llamar su atención agarrándola aún más fuerte de la cabeza y golpeándola contra el borde de roca bajo el agua.

Aparté rápidamente mis manos al ver que el agua se teñía de rojo y el cuerpo de aquella hermosa chica quedaba flotando inerte.

Con un gesto de desagrado me sequé las manos manchadas con las hojas de los árboles cercanos y me incorporé observando la más hermosa maravilla del mundo balanceándose sobre la superficie. El pelo ocultando su rostro y sus senos marcados bajo la camiseta mojada.

Tomé el libro húmedo que reposaba junto a la orilla y volví a mirarla.

-De conocer la situación que vivías te habría resultado sumamente fascinante.

miércoles, 16 de marzo de 2016

La droga más cara del mundo.



Una persona solo es una persona. Y aun siéndolo es el comienzo de todo.

Todos los soles que no ves caer por mirarla a los ojos. Todos los soles que no ves nacer.
Pero solo es una persona.
La persona que te hace preguntarte si saldrá muy cara una estrella. La persona que hará que escribas más de lo que acostumbrabas. La persona que hará que te guste la poesía cuando siempre te resultó demasiado empalagosa.
Pero solo es una persona.

Una persona con mil defectos que no tienes que soportar. Una persona de la que te gusta hasta lo más absurdo. De la que aprendes continuamente.
Y qué vas a idealizar. Y qué va a fallar.

La droga más cara del mundo. La de las noches en vela y los días con ojeras. La de la sonrisa estúpida y llorar por nada.
A veces ves en sus ojos el mar en calma y a veces te separa de ella la peor de las tormentas. Y te aferras al fondo como un ancla. Sin percatarte siquiera de que te aferras al fondo. Que ya estás muy hondo. Porque te ha dado alas y crees que vuelas continuamente. Menudo engaño. La droga más cara del mundo.

Sé que quieres temblar y sacudirte la inseguridad, los miedos y las dudas. Sé que quieres que todo sea perfecto y salir corriendo, porque asusta. Porque hay tanta luz como oscuridad, porque estoy en el mismo sitio que tú. En el fondo.
Y sé lo que duele. Sé la euforia que se siente. Conozco la sonrisa estúpida, esa historia de los soles y el cielo y aprender y estancarte. Idealizar y los defectos.
Las alas.

Pero solo eres una persona. Y aun siéndolo, eres el comienzo de todo.

jueves, 3 de marzo de 2016

Travesía.

Llevamos dieciséis semanas vagando.

A veces doy por aceptadas la desesperanza y la desgana por seguir adelante.
A veces. Solo a veces. Hoy no.

En la mayoría de ocasiones recuerdo que estamos solos y eso consuela. O es un falso consuelo que me impongo a mí mismo para no decepcionar al yo del pasado.
Recuerdo que veía películas de zombies o cualquier tipo de apocalipsis que desolara el mundo y envidiaba a aquellos supervivientes. Esos tipos duros que seguían con su vida como si hubieran esperado el suceso dramático desde que nacieron.
Todo normal. Cotidiano; como las tostadas con mantequilla de las mañanas.
Yo pensaba "Ojalá fuera él. Ojalá no volver a ver a un ser humano nunca más".

Quería dejar de escuchar los coches, los gritos, las voces, los semáforos, las ambulancias... Quería aislarme.
E intento convencerme de que esto es lo que siempre he querido.

Es un tanto contradictorio el hecho de haber aceptado a Charles como compañero de travesía. Pero al menos no es humano.
Al principio todo se limitó a lanzarle alguna albóndiga fría.
El gran danés empezó a perseguirme a todas partes. Así son los animales, salvajes e instintivos. Solo buscan satisfacerse.
Bueno, como los humanos.
Pero no fue tan fácil que el perro se ganara mi confianza.
Creo que realmente terminé por aceptar su compañía y presencia diarias cuando se quedó atrapado en una verja que escalé. El animal empezó a gritar de miedo y desesperación y me vi obligado a ayudarle.
Acepté que después de aquello nunca se separaría de mí. No me equivocaba.

En ocasiones lo detesto. Quiero estar solo. Pero termino asumiendo que su leve gimoteo no es molesto en comparación con las conversaciones humanas que tanto me hastiaban

Pero todo termina siendo autoengaño. Iré por partes.

La primera semana hice lo último que haría cualquier ser humano en el momento en que se da cuenta de que está solo en el mundo: quedarme en casa.
Seguí mi vida normal como si tal cosa.
No voy a hacerme el duro. Sentí la incomodidad del silencio que no esperaba sentir nunca.
Cada una de las personas que había conocido o visto habían desaparecido sin más. Sin dejar rastro.
Las tiendas dejaron de abrir, los teléfonos dejaron de sonar, los vehículos dejaron de moverse. Las calles estaban desiertas y extrañamente sombrías, como si la ciudad se hubiera quedado suspendida en el tiempo.
Cuando fui consciente de la situación y tras descartar que estuviera soñando, me limité a vivir como siempre lo había hecho: solo y sin preocupaciones.

No negaré las preguntas e inquietudes que se me pasaron por la cabeza a lo largo de la primera semana. No entender nada no es agradable.

Lo cierto es que esperaba que alguien viniera a buscarme en cualquier momento, dando por hecho que se habían olvidado de mí en alguna especie de evacuación.

Por otro lado esperaba bombarderos, huracanes o algo que explicara que la ciudad se hubiera vaciado de repente. Pero nunca llegó nada de eso.
Ni soldados, ni catástrofes ni apocalipsis. Solo el silencio.

No me sirvió de mucho haber visto películas de zombies y demás. Lo cierto es que cuando estás solo en el mundo no necesitas demasiadas habilidades especiales.

Muchos supermercados estaban abiertos cuando aquello sucedió y nunca me faltó comida y demás.
El casi problema llegó cuando se me antojó robar (si es que se puede decir así cuando el objeto en cuestión no tiene dueño) una bicicleta.
Seguro que podría haber encontrado una tienda abierta, pero quería ponerme a prueba.
Solo tuve que lanzar un puñado de piedras al escaparate y colarme en el local.

Nada del otro mundo. No me sentí un tipo duro.

Para cuando robé lo que sería desde entonces mi vehículo, había desaparecido la electricidad en toda la ciudad. Me ayudó saber que no saltaría ninguna alarma. Me habría sobresaltado el ruido repentino.

Hasta la quinta semana podría decirse que estaba haciéndome a lo que hoy llamo "la travesía".

Empecé a pedalear y cada vez me alejaba más de mi piso, el cual seguía cerrando con llave, por si acaso. No sé, quizá podrían reaparecer todas las personas de repente y no quería que me robaran nada.

A lo largo de aquellas cuatro semanas en las que supongo que mi mente aceptó la idea de que no había nadie más que yo en kilómetros a la redonda, conocí a Charles.
No sé si estaría bien contar la historia de por qué terminé bautizando como

Charles al gran danés, así que la omitiré y diré que en ciertos aspectos de su actitud me terminó por recordar a uno de mis escritores favoritos: Charles Bukowski.

Quizá de su influencia procedía mi indiferencia. La del verdadero Bukowski, no la del perro.

También en aquellas semanas comencé a tomarme las libertades de colarme en casas ajenas.
Tampoco me hizo sentirme un tipo duro. Cualquier sitio que tenga ventanas de cristal es accesible si tienes piedras.

Empecé a dormir en apartamentos, pisos y casas de desconocidos desaparecidos, a hurgar entre sus cosas, a ducharme en sus bañeras y a comerme su comida.
Era una situación absurda. No era un superviviente. No había nada que pusiera mi vida el peligro. Solo era una persona sola con un perro que le seguía a todas partes.

Una parte de mí, cuando estaba dentro de aquellos hogares, me decía que debía investigar sobre la vida de aquellos desconocidos, como si de una película se tratase y aquello fuera a darme una respuesta sobre la desaparición de todos mis vecinos.
De hecho pasé un par de días buscando explicaciones pero sin encontrar nada más que objetos personales.

En aquellas primeras cinco semanas aún tenía la vaga esperanza de que todo se solucionara y explicara de algún modo. Me convencía de que era absurdo buscar respuestas por mí mismo y que cualquier intento de averiguar algo impacientemente era inútil.
A fin de cuentas no sacaba nada de la intimidad de otras personas.
Estaba solo y aquello no era ninguna extraña prueba.

Sobra decir que traté de informarme de aquel suceso a través de radios y televisores antes de que desapareciera la electricidad, más no encontré señal alguna en ninguna de ellas, lo que me llevó a preguntarme si no solo habrían desaparecido las personas de mi ciudad y demás pueblos circundantes a los que terminé llegando a base de pedalear.

Si alguien lee esto, a estas alturas se estará preguntando por qué no opté por un vehículo a motor.
La respuesta es sencilla: nunca he aprendido a conducir. Nunca he pisado el pedal de un coche ni he subido a una moto y nunca se me habría ocurrido hacerlo a pesar de vivir en una ciudad deshabitada. Es una temeridad.
Es a mí a quien temo al volante, no al resto de conductores.

No sé cuánto pude haber recorrido antes de que la bicicleta decidiera que ya era demasiado.
La rueda trasera literalmente explotó en la quinta semana y decidí continuar a pie.
¿Hacia dónde? No lo sé. Ni lo sabía entonces ni lo sé ahora. Solo sé que camino, que ya no conozco los pueblos y ciudades por las que paso y que en ningún sitio hay personas.
He andado demasiado.
Creo que ya sigo por inercia.

La sexta semana fue dura, puesto que a pesar de haber fortalecido las piernas en el pedaleo constante mis pies no estaban acostumbrados a hacer tantos kilómetros diarios.
Pude haber parado a descansar, pero me dije a mí mismo que tenía prisa por llegar a quién sabía dónde.

En las siguientes semanas me di cuenta de algo y me pregunté cómo era posible que no me hubiera percatado antes.
Charles y yo estábamos sentados en un desierto e inmenso parque comiendo Doritos y bebiendo un refresco cuando me concentré en escuchar lo que me rodeaba.
Solo entonces, siete semanas después, me di cuenta de que no habían desaparecido los seres humanos. No solo ellos.
Habían desaparecido todos los seres vivos.
No había pájaros, ni grillos, ni hormigas, ni peces saltando en el lago que teníamos delante. Solo se escuchaba el sonido del viento meciendo las hojas de los árboles y el agua del lago.
Solo se escuchaba mi respiración y los jadeos de Charles devorando un puñado de Doritos.

Solo entonces se me encogió el corazón como no lo había hecho antes. Solo entonces sentí miedo realmente.
Me pregunto, a estas alturas, si Charles sabía desde el principio que estábamos solos en el mundo. Me pregunto si fue por eso por lo que se empeñó en seguirme desde el primer día.

Hasta la décima semana traté de hacer todo el ruido posible. Conseguí hacer  ladrar a Charles jugando con él. Empecé a cantar a voz en grito, a hablar en voz alta con el perro, a andar exagerando el ruido de mis pasos.
No había sido consciente del silencio hasta entonces, pero cuando lo fui me di cuenta de que era insoportable. Casi deseaba que el viento soplara fuertemente para que balanceara cualquier cosa que rozara.

Todo cambió a partir de la décima semana. Para mí. Quizá para Charles. Para nadie más, ya que no había nadie más.
Pero a partir de la décima semana fui consciente de que hacer ruido era inútil En ciertos momentos intento convencerme, como he dicho al principio, de que esto es lo que quiero. Siempre lo he querido, ¿no? Dejar de aborrecer el ruido, el jaleo y a las personas en general. Irme a vivir a una granja en mitad del campo y prescindir de cualquier tipo de compañía. Leer, escribir, reflexionar...

Pero han pasado dieciséis semanas. Más o menos cuatro meses. Que dicho así no parece mucho, pero es demasiado.
Mi mente no lo soporta.
Pero no quiero saltarme la historia sobre cómo empecé a tratar de aceptar mi estado mental a partir de la décima semana. De cómo traté de engañarme y aún a veces trato de hacerlo.

Ya no me esforzaba por hacer ruido. Por concentrarme en el sonido del viento.
A veces hablo en voz alta, pero en contadas ocasiones.
Charles no ladraba porque yo no le daba motivos.
Simplemente veía pasar el tiempo. Lo sentía y lo siento como si fuera eterno.

¿Quién me iba a decir que se me haría tan aburrido un mundo a mi entera disposición?
Digo "mundo" porque a día de hoy he asumido que han desaparecido los seres vivos de todo el planeta. Quizá solo sea mi país. He llegado lejos y no hay señales de vida.
Casi agradezco la presencia de Charles .

Llega un punto en que te cansas de tocar todos los instrumentos de todas las tiendas, de leer todos los libros de todas las librerías, de comer comida fría y de  gastar pilas.

Es curioso lo descuidado y vago que me he vuelto desde que estoy solo.
Ya no intento cocinar, y podría hacerlo. Hay cocinas de gas en muchas casas.
Cada vez me preocupa menos mi higiene personal. Me ducho un par de veces por semana y nunca tiro de la cadena.
No tengo que seguir rigiéndome por los modales humanos que he acatado siempre. No debo una buena educación a nadie. No me esfuerzo por tenerla.
Ojalá tuviera que hacerlo. Ojalá hubiera alguien que se quejara cuando hago las  cosas mal, cuando quemo casas, cuando esparzo basura por los barrios, cuando  empujo coches por barrancos o cuando dejo la tapa del váter levantada.
No me esfuerzo en nada porque no hay motivos para ello.

A veces me pregunto si no habrá algún motivo para que yo sea la única persona  que no ha desaparecido.
Llego a pensar que siempre he sido diferente. Que se han olvidado de mí. Los militares, los extraterrestres o Dios, porque no soy un ser humano. Porque nunca lo he sido.
Quizá reflexiono demasiado.
Debo admitir que siempre me he sentido diferente al resto. Un poco misántropo y  solitario. Siempre he ansiado ser libre.
Libre de dependencias, de deberes, de tratos obligados con las personas que me rodeaban.
Y ahora creo que detesto la libertad. Qué cansancio.

Puede que realmente el ser humano no haya nacido para ser libre.

Puede que la libertad sea lo peor que me ha pasado.

Hace cuatro semanas me consolaba pensar que al menos siempre he tenido la virtud de la frialdad. Que al menos era capaz de analizar la situación en la que me encontraba y actuar en consecuencia. Sin perder los nervios. Sin dudar de mis actos.
Ahora no sé si sigo siendo aquel chaval.

Recuerdo aquel dicho antiguo que advertía del cuidado que hay que tener con lo que deseas, ya que puede hacerse realidad.

Quizá hecho de menos a los seres humanos, ir a comprar y que alguien me atienda, trabajar en algo que detesto o esperar diez minutos en los semáforos. Poca duda hay realmente.

En estas últimas semanas me he convertido en alguien completamente diferente.

Me he convertido en alguien que ve cómo se consume poco a poco por la soledad y la desesperación. No soporto el silencio y me asusta mi propio ruido.
Aunque intente engañarme termino por sucumbir al terror. No lo soporto.
No es el simple hastío que creía insufrible rodeado de esas personas que tenía que aceptar en mi vida diaria. Es peor. Mucho peor.

Creo que si hubiera pájaros, cigarras o grillos; maullidos o ladridos, todo sería más sencillo. Pero ha llegado un punto en el que el mundo se hace tan inmenso, tan grande, tan solitario y silencioso que intimida.

Esto no es una confesión. No es un  relato sobre cómo desapareció la humanidad y me di cuenta de que era el último hombre sobre la tierra. A decir verdad ni siquiera sé por qué escribo esto. Supongo que he perdido la cabeza.
"En la semana número dieciséis perdió la cabeza". Rezarían los periódicos si los hubiera.
Supongo que así es. Que por eso he empezado a llorar, que por eso he empezado a echar de menos, por eso he empezado a demostrar mi cariño a un ser vivo, por primera vez en mi vida.
Me refiero a Charles, al cual duermo abrazado. No se queja.

Supongo que esto es una completa locura. Que yo soy una completa locura y estoy más perdido que nunca.
Y no sé si valiente o cobarde, o simplemente un idiota, por seguir adelante. Por seguir caminando.

No sé nada y he visto lo suficiente. No quiero nada. Pero quiero más.

Quizá, a estas alturas, haciendo perdido hasta este punto las ganas y la esperanza, quizá aún quede algo.
Quizá por eso escribo. Debe de ser porque tengo esperanza. Porque puede que,  esté donde esté para entonces, alguien lea esto.

Los escritos de un misántropo que llegó a echar de menos a la humanidad.
Que llegó a sentirse solo.