miércoles, 30 de diciembre de 2015

Lo que más hiero.



Un retroceso para el resto de nuestras vidas. 

Pero no quiero hablar de nosotros, si no de mí. Y recordarme el daño que me he hecho por haber salido huyendo tantas veces. Huyendo por ti. 

Parece ser que el echarte de menos va a ser siempre lo mejor para todos. Para todos menos para mí. A mí me duele. Me desgarra y lo siento como si fuera ayer. Y mañana y hace ocho años. 

Porque siempre has dolido. Siempre has sido tan brillante que has dolido. Lo especial siempre duele. 

Pero no quiero hablar de nosotros, si no de mí. Y recordarme las veces que me rompí. Que me rompí por ti. 

Y que lo sigo haciendo aunque me ponga esta maldita venda que me evita verlo. Sigo rompiéndome pensando que ya no queda absolutamente nada de mí. Nada de lo que era cuando te conocí. 

Ah, joder, no quiero hablar de nosotros.

Pero de quién si no. Si siempre somos nosotros. Si esto es un bucle tóxico de destrucción que nunca acaba. Si tú también estás llorando por mí y escribiendo algo porque te obligo a hacerlo. Perdóname, no lo hago queriendo. 

Perdóname por tantas cosas. Por ser cabezota, por ser débil, por empeñarme en hacerte feliz cuando no sabías serlo. Yo tampoco supe. Por eso, perdóname por mentirte. 

Perdóname por recordarte, por decidir olvidarte, por gritarte. Perdóname por amarte. 

Si esto es un desastre. 

Perdóname los errores, los enfados, los tropiezos, las caídas, las risas, la importancia que le daba a ciertas cosas. Perdóname el no haber podido cambiar. Perdona que no sea normal. Que siga siendo una maldita loca. Que todo se resume a eso y lo sé y lo sabemos. 

Perdona mi egoísmo. Que es lo que soy. Porque aunque intentase sacarte sonrisas solo era porque aquello me llenaba a mí. 

Quizá solo digo tonterías, pero es lo que soy. Solo soy una tontería. Una noria vacía. El palo del algodón de azúcar abandonado en la acera. Soy un cuaderno en blanco. Una cama fría. Soy yo, sin ti. 

Me he dado cuenta de que tener alas no sirve para nada, si lo que más quiero está en la tierra. 

Lo que más hiero está en la tierra. 

Lo que más duele.

Maldita sea. Perdóname por hablar de nosotros.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Miedo.

El pasillo era tan largo y estaba tan oscuro que no se podía ver el final. 

Lo cierto es que casi no se podía ver el principio. 

Él solo sentía el suelo bajo sus pies. Pero era un suelo blando, como si estuviera caminando sobre goma.

El silencio era atroz. Casi se percibía el vacío. 

Pasó las manos por las paredes mientras caminaba. Tenían el mismo tacto que el suelo y apenas estaban separadas por un par de metros, lo justo para que pudiera estirar los brazos. No había interruptores, ni puertas, ni cuadros. No había nada. 

Echó a andar lentamente, tanteando el camino, como si de una trampa se tratase y pudiera caer al vacío en cualquier momento. 

No recordaba cómo había llegado hasta allí. Lo cierto es que no recordaba absolutamente nada. 

Solo sabía que había despertado en aquel pasillo, desnudo, con la espalda apoyada en una pared blanda, y había echado a andar buscando la salida sin saber muy bien adonde tenía que ir. 

No había nada alrededor, no percibía el tiempo, no sabía si al contar segundos en su cabeza se equivocaba en el ritmo, si lo estaba haciendo mal, si ni siquiera lo que contaba eran segundos. 

En un instante durante aquel trayecto sintió un escalofrío que recorrió su espalda y le pareció escuchar un silbido lejano. 

Su primer impulso fue la necesidad de gritar, de buscar ayuda o al menos intentar descubrir dónde estaba y si había alguien más allí. Pero justo en el momento en el que abrió la boca para pronunciar palabra se le encogió el corazón, como si algo dentro de él supiera que lo peor que podía hacer en aquel momento era gritar. Algo le dijo que tenía que correr, que tenía que huir lo más rápido posible, seguir adelante a toda velocidad o retroceder. 

Lo mejor era retroceder, al menos sabía que atrás no había nada peligroso, pero, ¿qué locura era aquella? 

Dio un paso atrás con duda y chocó contra una pared blanda y oscura. 

-¿Qué…?- Susurró y se asustó de su propia voz, a pesar de que esta apenas tenía volumen alguno.

Palpó la pared una y otra vez con nerviosismo, la golpeó, golpeó el suelo, saltó frente a ella, pero no había otra explicación: No había vuelta atrás. Tenía que seguir adelante. 

Ante aquel descubrimiento el nerviosismo y el miedo se acrecentaron. No le quedaban opciones. Se preguntaba si alguien o algo querían que siguiera adelante, si el muro le había perseguido para que no pudiera retroceder. ¿Por qué no sabía quién era ni de dónde venía? ¿Por qué no sabía cómo había llegado allí? Lo único que sabía era que necesitaba sobrevivir. Sentía un fuerte impulso de echar a correr, de gritar, de golpear las paredes y el suelo y buscar una salida, pero el pánico le atenazaba la garganta, le paralizaba las piernas, le oprimía el pecho. 

Sintió cómo se le erizaba el vello, a lo lejos, muy a lo lejos creía escuchar el viento entrando por alguna rendija. Quizá era su imaginación, quizá llevaba horas caminando y en medio de la desesperación por encontrar una salida lo había alcanzado la locura. 

Sintió cómo se le secaban los ojos, la boca, y cómo el aire entraba helado por su nariz al respirar con fuerza. Deseó que el corazón le dejara de latir un instante para poder escuchar con atención. 

En medio de la duda siguió caminando, acelerando el paso cada vez más, esperando llegar lo antes posible al final de aquel pasillo, abrir una puerta, saltar por una ventana, ver una luz. Dejó de posar las manos en las paredes como si temiera toparse con algo o alguien. Se fue encogiendo cada vez más y más. 

Los pasos eran cada vez más largos y seguidos y cuanto más avanzaba, cuanto más rápido iba, una terrible sensación de que algo le perseguía iba acrecentándose en su pecho. 

Más rápido. Más rápido. Comenzó a correr intentando no hacer ruido. Pero no lo hacía, no se escuchaba nada más que los acelerados latidos de su corazón. 

Pero había alguien a su espalda, no importaba cuánto acelerase el paso, no importaba si ya corría con todas sus fuerzas y no se sentía las piernas. Aquella presencia seguía a su espalda, siempre a la misma distancia, siempre a un centímetro, siempre riéndose, como si todo su esfuerzo fuera absurdo, como si todo lo que tuviera que hacer fuera estirar la mano y acabar con él. 

No supo cuánto tiempo pasó hasta que perdió el control y dejó de correr, se dejó acorralar y cayó al suelo, encogiéndose, abrazando su propio cuerpo desnudo, sintiendo el corazón latiendo con fuerza en cada músculo, cerrándole la garganta. Se sintió vulnerable, acabado, destruido, rendido. 

Y aquella mano invisible siguió a un centímetro de su espalda arqueada sobre el suelo, sin llegar a tocarle. Para siempre.

Corre por mí.

Corrí más que nunca.

Corrí para encontrarte al final de aquel camino, para llegar antes y que no me vieras correr por ti.

Corrí para llegar a tiempo, para abrazarte antes que ella, que ellos, que cualquiera. Y me tuvieras en cuenta por encima de los que no están. Yo estoy. 

Aquel día corrí para ser la primera en verte amanecer, abrir los ojos, abrazarte por la espalda, contemplar aquel rayo de sol bañando tu piel, como si temiera tocarte, pero la tentación fuera demasiado grande. 

Corrí para aprenderme tu canción favorita y poder sorprenderte. Para llegar antes que nadie a la luna y escribir en ella tus iniciales. 

 Pero qué importaba cuánto corriera yo, qué importa cuánto corra. 

Si siempre seré insuficiente, lejana y distorsionada. 

Seré una bonita imagen que a veces te gusta contemplar con melancolía, luchar por salvarme la vida. Y no te das cuenta de que para salvarme la vida tienes que salvarte tú. 

No te das cuenta de que si corro es para ahuyentar tus lágrimas, para alejarlas de ti todo lo posible. Que solo huyo para no hacerte daño y si me quedo es porque me siento infinitamente fuerte a tu lado. Fuerte para sostenerte y que no corras nunca más. 

 Pero tú no necesitas correr, porque ya tienes quien corra por ti. Quienes corran por ti. Porque lo tienes todo y nada vale, nada importa. Eso soy para ti: Insuficiente, como la vida misma. 

Aunque destroce mis pulmones y mis pies, aunque te arranque las pesadillas y eso me deje cicatrices, aunque mate a todos tus fantasmas, aunque me convierta en muralla para no dejar pasar a los enemigos. Solo soy una estupidez. 

 Solo soy una estúpida que te protege de las carreras, mientras tú solo te fijas en las de otras medias. Solo soy una estúpida que aún no se ha dado cuenta de que no sabes correr.

martes, 8 de diciembre de 2015

Gaviotas.



Con el corazón en un puño y la rabia latiendo en su pecho
como si todo fuera tan frágil y tan fácil de romper
pasando los días soñando mirar al cielo
No tienes la esperanza, porque no quieres cogerla
Las lágrimas, preciosas
El amor, pudriéndose.
Míralo un segundo, ¿dónde está el presente?
Fuimos como gaviotas, alzando el vuelo, comiendo sobras
aprendiendo a robar sentimientos de corazones que se desbordan
No morirás sin haber sido nadie
has salvado recuerdos
No recordarás todo lo que salvaste
tan solo son los miedos
¿Qué contarás a tus nietos? ¿que un día fuiste libre?
Tan solo un día de los miles que viviste.

martes, 17 de noviembre de 2015

Éramos el corazón del mundo.

Hubo un día en el que yo era pequeña. Una pequeña luz, pálida, de colores claros. No sabía de sombras. No sabía de oscuridad, de luchar. Ni siquiera sabía de luces, para qué nos vamos a engañar.

Éramos el corazón del mundo, claras y suaves.  

Y descubrimos la inocencia. Los roces y los abrazos, las lágrimas tiernas.
Descubrimos el arte. El mundo se llenó de luz cuando descubrimos el arte. El mundo se convirtió en arte y entendimos de luz. De ser luz. De estar tan alto y ser tan poco y suficiente.

Los colores se mezclaron y aun siendo claros, había cientos de variedades, cientos en todos nosotros. Todos en un mismo lugar. Y conocimos los sentimientos. Y aprendimos a crearlos. Ay, el arte.

Compusimos melodías, pintamos cuadros, inventamos coreografías, construimos y moldeamos y escribimos cuentos y los colores se hicieron más intensos. Pretendimos crear colores. Emociones. Sentimientos.Descubrimos las emociones más puras y sinceras. Y descubrimos los sentimientos, y el amor dejó de ser amor.
Todos querían ser de un rojo intenso. Todos querían crear el rojo intenso provocando esta emoción.
Y su arte también, y su música, y sus cuadros, y sus edificios y esculturas y sus cuentos y películas y sus bailes. Pero era un rojo precioso. Todos querían ser del rojo más precioso.

Hubo un tiempo en el que todos fuimos rojo y aspirabamos a más.

¿Qué demonios era aspirar a algo por aquel entonces? Nunca supimos de sueños, nunca supimos de luchar por algo, nunca supimos de competir de arriesgar. Hasta que quisimos tener el rojo más oscuro.

Cuánto nos costó llegar a ese color, ¿verdad? Recuerdo aquellos tiempos en los que no conocíamos el negro, recuerdo aquellos tiempos en los que aún nos quedaba dentro el azul del cielo, el rosa de las flores, el blanco de los vestidos que tejíamos para aquellas noches de baile. Aún recuerdo cuando reflejábamos el color de la hierba sobre la que dormíamos. Cómo se mezclaban los colores en nuestro interior, creando un precioso mosaico. Éramos arte. Éramos luz.

Recuerdo lo que se sentía, pero ya no recuerdo aquellas luces. Sé que eran preciosas. Sé que vivíamos en paz, que todo estaba tranquilo. Recuerdo cuando conocimos la risa. Cuando aprendimos a reír. Pero ya no recuerdo cómo sonaba.
Porque empezamos a desear ser de colores más intensos, sin darnos cuenta de que eso nos convertía en colores más oscuros. Empezamos a pelear por ser las mejores, por ser las más bonitas. Empezamos a pelear por acaparar el negro.
Claro que seguíamos siendo luces, y necesitabamos seguir creando emociones. Necesitamos que el resto de las luces nos miraran. Necesitabamos ver que hacíamos algo bueno por todo lo que habíamos creado, y seguimos oscilando entre el rojo, que tanta pasión y ceguera creaba, ese rojo intenso que había dejado de ser rosa pastel,que había dejado de ser amor, y el negro.

Casi todos los recuerdos que me quedan son de cuando descubrimos el color negro.

Recuerdo como todas las luces se fueron apagando poco a poco. Cómo el arte dejaba de existir, como las risas que tan melódicas vibraban al principio se convertían en grotescas cuchillas afiladas que arañaban los transparentes cristales.

Olvidamos el verde, el azul, el rosa, el blanco. Olvidamos los colores, los cantos, las caricias, los besos, los abrazos. Olvidamos los roces. Los sueños, las metas, la verdadera lucha. Solo existía la lucha por conseguir el negro sin dejar de deslumbrar con aquel rojo.

Olvidamos la fuerza, las ganas, la ayuda, la solidaridad. Olvidamos que éramos luces. Nos olvidamos de alumbrar y de construir.

Conocimos la destrucción, el odio, la miseria. Aprendimos a dar patadas y puñetazos, a morder y desgarrar. Aprendimos a olvidar. Hasta dejamos de llorar. El gris pasó por allí, pero a quién le importaba. Ni siquiera existe el blanco ya. Nos apagamos y nos silenciamos. Nos quedamos sin colores. Nos quedamos sin esperanza. Abrazamos al miedo. Y consiguieron los que se propusieron; convertirse en sombras. Bañarlo todo de rojo y negro. Pero ha dejado de ser aquel rojo tan bello. Ha dejado de serlo.

Solo puede haber un rojo que lo bañe todo si el corazón del mundo se vuelve negro.

jueves, 29 de octubre de 2015

Coleccionando tuercas.

Decidir por el destino e inspirarme pensando en quien nunca conocí, aunque a veces crea que te conozco demasiado.

Ya era hora de que te describieran a ti.


La sombra de mi inspiración, el recuerdo de lo que nunca viví.

Pasa los días entre páginas de libros de fantasía y poesías inacabadas. Esperando que alguien descubra que tras esas palabras, hay algo más que magia.
Su vida depende de cuánto su amor se deje conocer. Y aunque nunca conoció el amor, a veces cree que lo conoce demasiado.
Ellas fueron su vida y su muerte. Ellas son sus poemas y cada linea trazada en su muñeca con un cuter oxidado.
Se considera un recuerdo del futuro, aun siendo una razón en el presente.
Dejó de lado el licor para esconderse en su rincón del colchón, rezando al dios en el que nunca creyó, porque esta sea la última carta que escriba. Por cambiar su prosa por la vida definitiva.
Enamorándose día a día. Buscando sonrisas falsas en bibliotecas públicas. Sin vivir por dejar que otros le den vida.
Sin saber que existo, y sin querer que exista.
Poniéndose en el lugar de cada parpadeo. Bailando un vals por cada bocado al miedo.
Yendo demasiado rápido, entrenando para después salir huyendo. Antes de dar tiempo a que su corazón estalle por culpa de zorras que se creen princesas. Zorras de ojos marrones, que se creen princesas de ojos azules.
De puerta en puerta, coleccionando tuercas, para devolverselas algún día a la loca que las perdió.
Pasando madrugadas imaginando. Casi tan demente como lo fui yo.
Vomitando el pasado. Comiéndose el futuro. Abandonando el presente, a su muerte.
De las pocas personas que aun saben apreciar lo bueno. Haciéndo comparaciones entre resignación y decepción. Jugando a ser un niño. Como si aun no se entendiera. Como si no nos entendiéramos.
Y no cree, aunque lo crea.

Y yo, dandome cuenta, de que sentirte, no es lo mismo que describirte.

martes, 20 de octubre de 2015

Hay que estar loco.

Y allí me encontraba, frente a un cuaderno viejo, sin saber por dónde empezar. O por dónde terminar.

Mi sueño de toda la vida había sido ser escritora. Me encantaba leer. Conocía más escritores que la mayoría de los adultos que me rodeaban, a excepción de mi abuelo, el cual me enseñó casi todo lo que sabía.
En ocasiones hablábamos de filosofía. Otras veces inventábamos historias increíbles, normalmente basadas en libros que habíamos leido. Ese tipo de libros infantiles que solían contenter una chispa de madurez en su mensaje. Otras veces simplemente, nos sentábamos en el jardín, con un par de butacas viejas a leer, desde que terminabamos de comer, hasta que se iba el sol.
A pesar de mis ganas e ilusiones, jamás conseguí escribir nada que superara las cincuenta páginas, y las historias, que, con suerte, llegaban a esa cifra, acababan por no gustarme y por morir quemadas en la chimenea de los olvidos, como la llamaba mi abuelo. Un lugar donde iba a parar todo lo que escribiamos y de lo que nos arrepentíamos luego. Aunque él apenas la usaba y era poco partidario de ello. Creo que tan solo era una excusa, ya que, algo tenía que decirme, cuando le sorprendí quemando, con lágrimas en los ojos, una historia en la que trabajó durante dos años. Pero eso es otro cuento.

Aquel día, era el tercero desde que me decidí a escribir mi primer libro en condiciones. Como tantas otras veces.
Y, como tantas otras veces, solo tenía un cuaderno viejo, con la mayoría de páginas arrancadas, y las que aun conservaba, repletas de palabras sin sentido, tachones, garabatos y frases sueltas.

-¿Cómo vas, escritora?- Pronunció una voz a mis espaldas.
No supe si lo dijo en tono de burla o de modo cariñoso.
-Como siempre...- Contesté con un suspiro, mientras tomaba de la mano de mi abuelo, un vaso de leche que me ofrecía.
-¿Qué te preocupa?-
Y, Cómo no, siempre acertaba. Lo cierto es que, llevaba poco menos de un año con una "leve" preocupación que no me dejaba siquiera pensar en condiciones, sin acabar contradiciendome a mi misma a cada palabra que se me pasaba por la cabeza.
-Abuelo...- Casi suspiré. Me giré hacia él, con el vaso de leche entre las manos, y tras dar un pequeño primer sorbo, continué hablando.
-Creo que me he equivocado.- Me miró con una mezcla entre duda y sorpresa.-Me he pasado la vida soñando. Leyendo hasta no poder más, tú lo sabes. Seguramente haya leido todos los libros del mundo- Soltamos una pequeña carcajada.-Y tal vez eso no sea bueno.
-No comprendo.- Pronunció mientras dejaba notar que ponía aún más atención a lo que le decía.
-Creo que estoy loca.
Un largo silencio inundó la habitación, y mi abuelo mantenía una expresión tras la que parecía, se encontraban horas de risa contenida.
-Pero, ¿Qué dices?- Preguntó con una sonrisa. Suspiré.
-Sí, imagino demasiado. Pienso demasiado. Pienso demasiado en cosas que no existen, cosas que me encantaría que existieran y cosas que creo que puedo crear en las páginas de un libro.
-Pero, ¡Eso es buenísimo! Es justo lo que queremos, ¿No es así?.
-¿Cómo escribiría eso, abuelo? ¿Cómo podría yo escribir sobre lo que imagino diariamente? Sobre como quisiera que fuera el mundo, o las personas que quisiera que existieran en él- Bebí un par de sorbos de la leche, para ayudar a bajar el nudo que se me estaba creando en la garganta. -Es una locura. Le he hablado a tanta gente de lo que imagino, de lo que me gustaría crear, que muchos me toman por loca, y si escribiera un libro sobre ello, se lo tomarían más como la biografía de la niña loca que siempre habla de utopías, que como una buena historia.
-Pequeña- Dijo tras una pausa en la que mantuvo su mirada clavada en mi, con una extraña admiración. -Para ser escritor, hay que estar realmente loco.

sábado, 19 de septiembre de 2015

In love.

Dicen que enamorarse es lo más grande que le puede pasar a alguien. Y es precioso compartir tu vida con esa persona por la que la darías entera.  
Verle amanecer, acariciarle el pelo, erizarle el vello, besarle, morderle, hacerle reír y reír por él. Darte cuenta de que es lo más grande del universo y sentirte orgullosa porque ha ido a parar a tus brazos. ¿Quién se lo merece? Es lo más grande que le puede pasar a alguien.  
Hacer planes de futuro y cumplirlos. Estar "in love". Que suena mejor y más enganchante. Como si te hubieras vuelto adicto a alguna droga súper fuerte pero difícil de conseguir.  

Enamorarse. Una historia de dos que se descubre especial cuando intentas entrelazar los dedos con otra persona y te haces un lío porque no los entrelaza como él.  
Las costumbres, las manías que se vuelven cotidianas y hacen que todo lo demás parezca lejano y desconocido. Entenderse con una mirada, tocarse con los ojos, comerse con las manos y reírse en un suspiro. Y nadie más se entera.  
Dicen que enamorarse es lo más grande que le puede pasar a alguien. Una experiencia que todos deberíamos vivir al menos una vez en la vida. Por qué.  
Por qué una vez en la vida y luego se acaba.  
Porque también tenemos que vivir el desamor y eso sí que es grande. Joder.  
Es un gigante de cien metros de alto y ancho como medio continente que llega arrasándolo todo y aun así no lo vemos venir porque creemos que el amor es lo más grande que nos puede pasar.  
Pero el desamor es más grande.  
Solo cuando el desamor hace que te muerdas la lengua del tortazo que te da, te das cuenta de que la sangre no es tan dulce.  
Es mucho más simple de lo que parece. Es solo la ausencia del amor.  
No sirve de nada mezclarlo con odio, con decepción, desilusión, desesperanza, un poco de lo contrario, la soledad...  
Solo es vacío. El vacío que ha dejado lo más grande que nos podía pasar.  

Y echas la vista atrás y los planes de futuro se cumplieron, y cómo jode que todo fuera real y que ya no le importes una mierda. Cómo jode haber dado tanto, saber que habéis dado tanto, para terminar siendo nada.  
Pero, ¿qué vas a hacer? ¿ser algo? ¿mantenerte "in love" y sentir que tropiezas una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez? Contigo y con él, porque a veces los dos sois piedras. La misma piedra. Una sola. Y qué difícil es partir una piedra por la mitad y apartarla del camino.  
Pero si es que nos matamos a pedradas. Pero es que intentamos culparnos eternamente. A nosotros mismos y a nuestras piedras favoritas. ¿Pero quién coño se enamora de una piedra? 

Ah, mierda. 
Quiero odiarme y quiero odiarte. Pero en el fondo solo siento tristeza y pena. El vacío que ha dejado eso tan grande de estar enamorada. Ojalá tenga razón y sea vacío y no sea amor. Ojalá no me esté pesando tu existencia y ojalá pronto deje de pesar tu ausencia.  

No voy a culparme, porque todos debemos pasar por esto, incluso cuando implica dejar de ser nosotros mismos y volvernos unos gilipollas con los ojos vendados y las mejillas agrietadas de llorar. Incluso cuando implica obligarnos a destruirnos porque algo tan grande como esa persona maravillosa merece de nosotros más que nosotros mismos.  

Pero que nadie me crea. Porque estoy equivocada. Porque no hay necesidad de ser autodestrucción ni destrucción. No hay necesidad de sentir ese vacío que sentimos, no por ausencia de amor, si no porque también nos hemos perdido a nosotros mismos por el camino.  
Estoy equivocada. Y era amor. Pero es quitarse la venda y descubrir que alguien me ha dejado sola en una habitación cerrada con una desconocida, con la persona en la que me convertí intentando ser lo mejor para ti. Para el amor. 
Y qué grande es. Lo más grande que le puede pasar a alguien. Conocerse a si mismo, después del amor, el desamor, los gigantes, las piedras y las ruinas de Roma.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Querido compañero:

"Ya encontrarás como sustituirlo" Me contestaste, cuando intenté explicarte que los regalos que me hacías en tu mundo no podía guardarlos en el mio.


Te soñé esta noche, y aunque lo hago menos que nunca, fue tan especial como antaño, como cuando te podía ver con solo llamarte.

Y aunque no puedas contestarme ahora, sabes que seguiré guardando mis más profundos pensamientos para ti, compañero de demencia.


Tal vez sus palabras se pudran, como me dijiste una vez, pero el recuerdo no se olvida. Y eso es lo que hace que los vea como tu me enseñaste a verlos. Los seres humanos tienen una forma de pensar distinta a la nuestra, no le dan importancia a los recuerdos y viven de paso, para nosotros cada segundo que pasa es el más importante, por que tenemos el privilegio (y siento que no pienses lo mismo que yo en esto) de vivir en este mundo. Porque es un mundo de dolor, de ignorancia, de mentiras, de muerte, de falsedad e hipocresía, pero al fin y al cabo es un mundo como el nuestro, un mundo donde no todo es bonito, pero con cosas que enseñarnos. Pues el nuestro no es tan bonito como creí, ya que tuvo que desaparecer cuando más lo necesitaba.


Vivir aqui es más duro de lo que creía que iba a ser, y más ahora que no estás. Me estoy cansando de confiar en estos seres tan indiferentes, y a la vez creo que me estoy volviendo como ellos. Por mucho que intenten demostrarme que me comprenden, nunca conseguiran que lo vea. ¿Qué piensas? No sé, ellos nunca escuchan, nunca piensan en lo que les dices, cosas que para mi son muy importantes para ellos son solo tonterías, y ahora tal vez yo sea igual que ellos, pues cosas a las que les dan demasiada importancia me parecen absurdas.
Siempre me sentí superior a los seres de este mundo, cuando estaba a tu lado. Ahora siento todo lo contrario, que estoy en un lugar que no llego a comprender, y esque me acostumbré a vivir donde todo era distinto, aprendí a ser habitante de aquel paraíso, y ahora no soporto el infierno.
No sé que pensarás, pero desde que utopía murió, aqui siempre es otoño, las noches son amargas y siempre las paso como la aquella en la que me rescataste. Pero tú ya no vienes, ángel.
Creo que me he rendido, definitivamente, y de la forma en la que nunca esperé hacerlo. Siendo humana, siendo aquello que siempre odiamos, porque nunca nos entendieron, ¿No es asi? Y por esto me abandonaste, por que en algún momento tenía que convertirme en humana... Lo sé, y lo siento, pero yo no elegí serlo, solo sé que debo aprender a vivir como ellos, sin olvidar que soy muchas cosas más en otro lugar, que solo tú y yo conocemos. ¿Acaso crees que por darme cuenta de que soy lo que odio voy a olvidar lo que he vivido contigo? Eso jamás. Eso sí, tal vez ahora me odies, siempre odiaste al ser humano.
Solo quería escribirte, y, aunque sé que vas a leer esto, no estoy segura de que vayas a volver a darme todas las respuestas que sabes que necesito. Pero creo que te he conocido lo suficiente como para haber aprendido lo que está bien o mal. Y sé que estás orgulloso de mi, por muy humana que sea.

viernes, 28 de agosto de 2015

Me arrancó el corazón.

Fui tan estúpida al enamorarme. Sobretodo porque le conocía.

Habíamos sido durante tanto tiempo uña y carne, me sabía cada uno de los detalles de su extraordinaria personalidad, que no sé cómo pude cometer el error de enamorarme.


Solo era un compañero. Compartíamos un rasgo personal, algunos dirían que una enfermedad, otros que una obsesión, solo era un rasgo de nuestras personalidades, algo que pocos tenían y que nosotros realmente valorábamos: La necesidad de estar por encima.


Éramos más inteligentes que el resto (más tarde quedó claro que él era mucho más inteligente que yo), nunca nos pillaban y cuando lo hacían sabíamos escabullirnos de cualquier problema. Nunca nos agarraban lo suficientemente fuerte como para que no pudiéramos escapar.
No queríamos saber nada que fuera menos emocionante que la adrenalina que provoca el partir el cráneo de un ser humano con un martillo. Casi hacíamos poesía de ello.

Su forma de acabar con algo tan nimio y sobrevalorado como la vida humana era lo que me provocaba aquella fascinación.

Me convenció poco a poco y cada vez más de que nosotros no éramos como ellos y era obvio. Nosotros no éramos tan torpes y absurdos como para ser tan vulnerables y débiles.

Yo no tenía fuerza en absoluto, solo inteligencia, y había acabado con las vidas de decenas de hombres que podrían haberme levantado con un dedo. Todo era cuestión de planear, de saber cómo hacer las cosas, de ser más, de ser superior, de anticiparse a sus pensamientos y estar por encima.


Siempre estábamos por encima. Era maravilloso.


Los baños de sangre, volver a la escena del crimen y hacernos los sorprendidos como si fuera la primera vez en la vida que tuviéramos conocimiento de una masacre, pensar que las pesadillas eran los mejores sueños que podíamos tener. Y que los sueños no existían.


Nosotros no éramos como ellos. O al menos eso creía.


Eso creía hasta que vi aquella gota de sangre espesa resbalar por su labio inferior.
Él me miraba a los ojos y su voz sonaba como un eco lejano que decía “Fin”. Sonrió y aquella gota cayó sobre su camiseta, extendiéndose más lentamente de lo que cualquier mancha de vida se había extendido nunca sobre su pecho.

Supe que deseaba arrancarle los labios a mordiscos, que no quería dejar de fijar mi mirada en sus fríos ojos azules, que quería ponerme aquella ropa ensangrentada que envolvía su cuerpo y dormir con ella cada noche.
Supe que quería que nos matásemos a golpes, arañazos, mordiscos, pellizcos. Quería que nos sacáramos el corazón mutuamente y lo lanzásemos lejos para no necesitarlo nunca, porque cada uno éramos el latido del otro.


Más tarde comprendí que aquella mezcla de dolor, rabia, esperanza y ansiedad, era amor.

Y tuve que confesarlo, con la maldita esperanza que crea el amor de que él sintiera lo mismo.
E hice bien, quizá, al menos conseguí lo que quería, porque me arrancó el corazón. Pero cuando esperaba que lo lanzara lejos y latiera en mi pecho en su lugar, se alejó lentamente, mientras yo escuchaba los latidos cada vez más lejanos, ausentes y silenciosos.


“Fin”.

viernes, 14 de agosto de 2015

Ya disponible "Sueños"



¡Por fin está aquí!
Ayer se publicó "Sueños", una recopilación de relatos y poemas entre los que se encuentra "Sueño eterno" (Por Ana María Orgaz Martín) , uno de mis relatos que, por suerte, podeis leer si os hacéis con uno de estos ejemplares, disponibles tanto en formato de papel como en ebook.

Podéis pedirlo desde la web de Ojos verdes ediciones: http://ojosverdesediciones.com/producto/suenos-i-concurso-de-formato-libre-ojos-verdes-ediciones-ebook/

Espero que os guste.

¡Un saludo!

miércoles, 12 de agosto de 2015

Arriba.

Allí estaba ella, al borde del charco más grande del mundo: Su acantilado.
Miraba al vacío como si saltar fuera el sueño de su vida, como si despeñarse fuera la única opción y, desde luego la mejor.

Nunca había visto tanta agua salada junta. Y había visto mucha en bastantes ocasiones. Demasiadas tal vez.

El viento agitaba su cabello y un escalofrío recorrió su espalda. No dudaba ni un instante, saltar era el sueño de su vida.


-No puedes hacerlo.- Un joven rubio de ojos verdes apareció, como salido de la nada, apenas un par de metros a su espalda. Una sonrisa triste se dibujó en sus finos labios.

Una pequeña pluma se posó al borde del acantilado, saltando sin dudar.


-Voy a hacerlo. – Dijo ella con la expresión de un niño cuando quiere jugar a algo que está prohibido.
-Ojalá pudieras. Pero sigues siendo tú. Seguimos siendo nosotros.


Muchos metros abajo el mar embestía las rocas con rabia. La misma rabia que hacía que a ella se le pusiera la piel de gallina al recordar cómo era todo unos años atrás, cuando renació, cuando pudo ser fuerte para salir del agujero, cuando aquel chico le salvó la vida, no una vez, si no cada noche. Cuando merecía la pena seguir adelante, despertar por las mañanas y cada noche, volver a su lado, sabiendo que él la comprendería, que la abrazaría y que le daría fuerzas. Una y otra vez. Una y otra vez.


Pero aquello se había acabado.

Ella había renacido, ahora era alguien que debía ser fuerte. La supervivencia era parte de ella, algo de lo que no podía deshacerse. La fuerza, el seguir adelante.
Pero aquello se había acabado.

La cabaña y la cama donde dormían cada noche, volar hasta lo más alto hasta no poder respirar y caer en picado, frenando en el último segundo, oliendo la hierba siempre verde.
Mirar la luna, tan insignificante cerca de él, perderse en los bosques y darse cuenta de que aquello solo era posible en ese pequeño rincón del mundo.
Aquello se había acabado. Aquello había desaparecido.

Ahora no quedaba esperanza, ni lucha, ni sueños, ni lunas. Todas las noches el cielo se nublaba y no había nada que admirar. Todos los días pasaban como si no mereciera la pena seguir adelante, en un bucle incesante de constancia y ganas a presión.
Pero quedaba la fuerza. Quedaban las alas. Todo lo que aquellos días, aquellas noches, todo lo que aquel mundo le había dado seguía formando parte de ella y jamás podría deshacerse de ello.

Quedaban las alas.


-No puedes hacerlo, y yo tampoco. Lo siento. – Repitió el chico.
-Tengo que hacerlo.- Sonrió con lágrimas en los ojos, con una desesperación que no podía contener.
-Pero…
-¡Me has destrozado! ¡Ahora ni siquiera tengo derecho a decidir!
-Creía que si podía hacer que fuera imposible que te destruyeras serías feliz, sin dolor, sin pesadillas. – Hizo una pausa y apartó la mirada. – Siempre estaríamos juntos.

-Ese era el plan. – Contestó ella con rotundidad sin dejar de mirarle. – Pero todo se acabó, no podemos estar juntos, solo puedo mirar a mi alrededor y ver la estúpida realidad que siempre me ocultaste, la realidad de la que me estabas protegiendo, hasta que dejó de estar en tus manos. Nunca me enseñaste a luchar, me enseñaste a esperar, a aguantar, a ser fuerte contigo, ¿qué hago ahora que no estás?

-Yo estoy aquí. – Susurró.
-No, no estás. Ya nunca estarás. – Sentenció ella clavando la mirada en sus ojos verdes y dejando resbalar una lágrima por su mejilla.


Él comenzó a difuminarse, ante su triste mirada de resignación, como si se lo llevara el viento que tan fuerte soplaba allí arriba.
Solo quedaron revoloteando a su alrededor un puñado de plumas blancas que poco a poco y decididamente se lanzaban al charco más grande del mundo. Sin dudar.

Y sin dudar ella también saltó, sintiendo, como en aquella época cuando saltaba desde lo más alto, el viento dejándole la cara helada, el aire tan fuerte que no podía entrar en sus pulmones, un leve mareo, cerrar los ojos y, justo en el último segundo, oliendo el mar, frenar y alzar el vuelo. Desplegar unas enormes alas blancas que ya no le servían de nada, pero de las que no podía deshacerse. Y volar. Volver a volar. Sin quererlo.

Allí todos mentían.

¿Qué harías si supieras que todos mienten? ¿Y si no pudieras creer en nadie?
¿Y si pudieras ver en una mirada todo lo que se oculta detrás? ¿Y si nadie fuera quien parece ser?

Así me sentía apenas entrado el año 2020.
El espejo me devolvía una mirada con ojeras de hace años, una cicatriz en la mejilla y demasiadas en los brazos. Ya no me importaba ocultarlas, eran de una época pasada y no me avergonzaba de lo que viví. Muy al contrario, me gustaba ser quien era, a pesar de mis ojos vidriosos, a pesar de los moratones, las cicatrices, los cortes, la sangre tras los labios y el sabor ácido.
Me gustaba ser quien era, a pesar de ser quién era.

Sonreí al sentir el vodka quemar mi garganta. Apenas podía creer que aquello siguiera afectándome. Quizá era lo único que me afectaba ya. Escalofríos. Siempre escalofríos al pensar en no sentir.

Bajé la mirada sin borrar esa sonrisa.
Mis pies manchados de rojo, las uñas aún azules, descalzos, cansados, ¿Y los tacones? ¿Cuándo había empezado a usar tacones?
Mi mayor preocupación era encontrar los tacones, así que salí del sucio baño de aquel bar y me paseé entre los cadáveres apartando algunos a patadas, completamente indiferente.

-¿Has visto unos tacones por aquí?- Pregunté a un ser humano que parecía atragantarse con su propia sangre. Intentó mirarme, pero sus ojos se perdían antes de llegar a los míos.
Salieron unas asquerosas burbujas rojas de las comisuras de sus labios y gimió. Pero no me contestó. Estaba descalza, me dolían los pies y ese hombre inútil no sabía dónde estaban mis tacones.
Solo quería volver a casa.

sábado, 8 de agosto de 2015

El último viaje en tren.

Mi vida se había convertido en un tren. Yo era un tren.

He sido nube, agua, oscuridad, una estrella, la misma luna e incluso he sido humana. Pero, a pesar de parecer simple, la época en la que fui tren fue de las más importantes.
Mi cometido era simple: Seguir siempre adelante. Avanzar, avanzar, avanzar y llevar siempre a las personas conmigo. Luego las personas se alejaban de mí, sus vidas continuaban y yo volvía a avanzar sin olvidar a ninguna de ellas.
Hay personas que pasaban por mi vida como si nada. Solo eran un borrón, no aportaban nada. Pero había personas increíbles, personas a las que ves sonreír, ves enamorarse, personas a las que ves llorar tras una despedida o de camino a un reencuentro, siempre pasando por mí. Y luego tengo que abrir las puertas, quedarme en silencio y dejarlos marchar, mientras paso el resto de mi larguísima vida intentando convencerme de que soy capaz de olvidar lágrimas, sonrisas, conversaciones.

El reflejo triste en el cristal cuando atravieso un túnel oscuro.

Pero eso no importa, ellos solo vienen y se van.
Y yo solo soy un tren y mi cometido es avanzar, avanzar, avanzar y guardar silencio.

martes, 21 de julio de 2015

Desenlace.

Y de repente dejas de ser espíritu. Dejáis de ser espíritu.
El mundo pesa. Recuperas las sensaciones humanas. Tienes que mover las piernas para andar.
Parpadeas y todo se esfuma.
El mundo pesa.
El que nunca ha sido espíritu no entiende lo que es eso.
Cuando siempre eres humano te acostumbras a que todo canse. Eres fuerte. Pero el espíritu no necesita fuerza. Nunca.

De repente eres solo medio espíritu con un cuerpo entero.
No sabes a qué cuerpo habrá ido a parar tu otra parte. Estás roto. A medias. Y aunque encontraras (sin jamás reconocerlo) a tu otra parte, nunca podréis volver a ser uno.

Dejas de ser libre. Dejas de flotar. Echas a andar. Buscas situaciones humanas. Pero cómo adaptarte si ya has sido espíritu.

Intentaré describirlo con sensaciones humanas:
Un puñetazo en la boca del estómago.
Solo eso, pero siempre.
Todo es cuesta arriba, te quedas sin aliento, se te nubla la vista. Y vives con esa sensación el resto de tu vida, sabiendo que una vez fuiste espíritu y que nunca volverás a serlo.
Sabiendo que debes buscar motivos, cuando antes nada importaba.

Cuando era humana no necesitaba respirar. Ahora siento que se me congelan los pulmones a cada bocanada de aire.
Ahora es tan difícil explicar emociones, sensaciones y sentimientos. Antes sobraba con sentirlo.

Y hay tanto y todo es tan grande. Y aun así ya no hay eternidad ni infinito. Y esto impone más.

Hay tantos humanos. No hay ningún espíritu. Todos están rotos. Al menos ellos tienen la suerte de no ser conscientes.
El mundo pesa.
Maldito cuerpo, maldito envoltorio, maldita la caida que me rompió y me separó de mi.
Quizá ya no exista. Aunque dicen que esto es existir.

Nudo.

Es bonito ser solo espíritu.
Ser solo un espíritu después de haber sido a pedazos y haber soportado el peso de dos cuerpos humanos durante tantos años.

Siendo espíritu no hay ataduras. Solo se puede sentir y compartir, sin repartir, cada una de las emociones.
Todo es esperanza y eternidad. No hay miedo ni culpa. Ni rencor, ni errores. Porque no hay actuación. Solo libertad.
Sin pensar.

Flotamos (floto) y durante un instante tengo la misma sensación que cuando íbamos a 200 kilómetros por hora. Solo que no lo recuerdo. Solo siento. Con la intensidad que siente un espíritu tan grande que no cabe en un cuerpo.

Sin mirada, sin tacto, sin recuerdos.
Sentir tal pasión cuando solo eres espíritu es algo indescriptible.
Un humano jamás podría entender tal pureza. Es un amor más grande de lo que cualquiera es capaz de percibir.

Intentaré describirlo con sensaciones y emociones humanas:
Imagina la caída libre en la montaña rusa más alta del mundo.
La primera vez que montas en tren.
Descubrir tu libro favorito.
Un abrazo por la espalda. Su mano en tu barriga.
Sumergir la cabeza en el agua helada teniendo el rostro ardiendo del sol.
Abrazar a un cachorro.
Salvar una vida.
La satisfacción de un trabajo bien hecho.
Una tormenta de verano.
Sábanas frías. Chocolate caliente.
Vértigo.
El tacto de una pluma.

Mezcla todo esto y multiplicalo por cien.
Es una mínima parte de lo que se siente al ser juntos un solo espíritu flotando en la inmensidad.
Eso es amor. Y los seres humanos jamás han sentido el amor. Al menos no siendo humanos.

domingo, 12 de julio de 2015

Alaska.

¿Qué puedo decir de Alaska?
Cuando emprendí aquel viaje sabía que acabaría siendo un iceberg soportando una tormenta día tras día.
Sabía que salvar Alaska jamás iba a ser fácil. Y tanto que ha sido la misión más difícil de mi vida. Pero quizá la única que ha merecido la pena.

He recorrido mundo, he dormido en ciudades y paises que latían de formas muy diferentes, que comprendido cada una de las costumbres de estas y siempre me he llevado de ellas lo que más les dolía. Yo he cargado con el peso de escenarios preciosos y nunca me ha importado.

Soy viajera, aventurera, he nacido para esto y me gusta aprender y llevarme todo lo posible. Lo quiero todo.

Pero Alaska fue especial. Alaska fue distinta. Alaska me arrancó el corazón. Y cómo iba a poder mantenerme en pie sin corazón. Cuánto me arrastré por esos páramos infinitos. Aun me duelen las rodillas.

Alaska es frío.

Me pidio promesas y yo prometí, me pidió la vida y se la di. Ningún lugar me había enamorado como ella y a ningún lugar odie tanto después.

Eso sí fue una guerra y no lo de Rusia.
Nos destruimos sin piedad, todo porque yo me quedé vacía, cuando Alaska necesitaba siempre más.
Yo no pude darte más. Y me congelaste el alma.

Tus auroras boreales serían siempre las más bonitas del mundo, pero yo jamás las prodría tocar. Ni comprender.
Tus bosques serían siempre los más bonitos del mundo. Pero tú eras un desierto de hielo. Y yo solo tu iceberg.
Intentando no derretirme.

Es una pena, porque fuiste maltrato aunque pienses que no. Pero tus paisajes eran tan bonitos que no me importaba en absoluto. Que por mi habría muerto sobre ti sin pensarlo dos veces.

Suerte que te importo una mierda y después de vaciarme y congelarme el alma me pegaste una patada y me hiciste desaparecer.

Londres.

Perdoname, Londres, que nos dimos dos años de vida y aquí sigo, escribiendo y respirando.

Nos prometimos un tiro en la cabeza en homenaje a Kurt Cobain y solo he de decirte que fui tan capaz de hacerlo como de volver a ti, pero joder, habría sido tan estúpido como adorar a Nirvana por los ojos azules del rubito.

Londres, solo me enseñaste a delinquir y a discutir, a no preocuparme, porque solo debía parecer que las cosas dolían, darle intensidad para ser un artista. Forzar la intensidad, para creernos artistas.
Pero los graffitis eran una mierda y las canciones aun más.

Tengo que decirte que llegar a ti fue un simple acto de rebeldía. Las pulseras de pinchos y las camisetas rotas solo me hacían odiar y odiarme.
No pude no preocuparme. No pude fingir intensidad para ser una artista.
Yo quise ir a Londres para ser Londres y vivir por ella, para ella y con ella. Pero Londres era una farsa.

Sid no era tan guapo cuando se drogaba, su amor no era envidiable.

Cuántos cristales rompimos. Cuántos cristales rompiste en las calles de Londres, en ti, sin darte cuenta.
Porque tú cumpliste tu promesa de pegarte un tiro en la cabeza en homenaje a Kurt.

Italia.

Allí donde solíamos gritar, como diría Santi Balmes.

Italia era la casa de los gritos, humo y pizza. No pensar. Solo gritar.
A toda velocidad cantando Extremoduro, dejandonos los pulmones en medio de la autopista. Italia tenía la voz más bonita del mundo.
Italia rugia y lloraba.

Nunca olvidaré el día en que vi a Italia llorar por la imposibilidad de amar, por lo atada que estaba a la libertad. Pedía perdón al amor y suplicaba que no se fuera, que le permitiera observarle un poco más.
No podía vivir sin amor, pero no podía abrazarlo.
El amor para Italia era como un sueño lúcido, tan imposible como real.

Pero luego se secaba las lágrimas, se asomaba al balcón y gritaba. Y la casa de los gritos parecía a punto de derrumbarse.
Mientras yo odiaba el amor y lanzaba muebles contra las paredes. Mientras yo agonizaba de impotencia por no poder darle a Italia lo que necesitaba.

Y ella seguía viniendo a buscarme con su paraguas cada día de aquel otoño, con esa mirada azul y ese grito en la punta de la lengua. 
Seguía regalandome humo, viajes, sonrisas muy bien fingidas y música.

Qué bien cantaba en inglés y qué mal hablaba en italiano.

Rusia.

Canciones rojas y plazas bonitas.
En Rusia aprendimos a parar el tiempo, nadie como nosotros sabía hacerlo.
Conocimos el miedo, el "no sé cómo hacer esto". El "vengo de la otra punta del mundo, arrancame las raíces".
En Rusia las guitarras eléctricas sonaban como un piano, como Brian Crain. Una nana.
Aprendimos a odiarnos y autodestruirnos. Y amarnos tan fuertemente que de un abrazo nos hacíamos añicos.
Yo secaba tus lágrimas y tú secabas las mías, pero nunca las evitabamos. Qué importaba. Estabamos en guerra.
Yo no iba a frenar los bombarderos ni las traiciones. Yo no iba a eliminar la rabia y la oscuridad de tus ojos. Por ti y hacia ti.

No pude salvar Rusia, así que decidí morir con ella. Y así, morir en ella.

Cuánta rabia. Nunca vi tanto dolor en una relación de amor. Y pensar que todo era mentira, que el amor solo era una palabra, una falsa promesa.
Pero cuánto me gustaba creerme las mentiras. Cuánto me gusta. La ilusión es la esencia de la vida, aunque sea un espejismo.
Eras un espejismo precioso. Un espejo roto.
No importaba si no podía sacarte de aquel agujero, porque entraría en él día tras día para dejarte una, o mil tabletas de chocolate y a decirte "todo irá bien".

Ah, ¿cuántas veces lo dijimos? "Todo irá bien.", con lágrimas en los ojos. "Todo irá bien", con impotencia en la garganta. "Todo irá bien", con un nudo en el estómago. "Todo ira bien", haciendo el odio. "Todo irá bien", estrellandonos contra las paredes.
Pero me gustaba estrellarme contra aquella pared, porque siempre me cogías de rebote. Nunca tocaba el suelo y, aunque no fuera real, yo creía volar.

Sobrevolar Rusia, querer morir en ella. Con ella. Pero Rusia no me quería. Rusia queria morir sola. 

jueves, 25 de junio de 2015

Hasta Siempre.

Enormes lazos blancos colgaban desde la pared hasta el centro de la habitación en la que, semioculto en la penumbra, se podía intuir una enorme figura envuelta en cientos y cientos de lazos que iban a parar allí desde todos los puntos de la sala.
La figura de dos metros estaba suspendida en el aire simplemente sujeta por aquella enredadera blanca. Se balanceaba suavemente de un lado a otro y se inflaba y desinflaba como si respirase. Pero cómo iba a respirar.
Cada uno de los lazos estaba fuertemente atado a la criatura que hacía demasiado tiempo que había dejado de luchar por liberarse.

Apenas entraba un rayo de luz por debajo de una puerta hasta que esta se abrió lentamente y alguien entró en la habitacion. Era una voz tensa, grave e imponente. Al pronunciar palabra provocaba un escalofrío en cualquiera que lo escuchase.

-Di tu nombre. - Las palabras retumbaron en la habitación, pero tras estas no llegó ningún sonido más.

Podría haber pasado una eternidad hasta que la voz se retiró y la habitación volvía a quedar iluminada por ese pequeño rayo de luz.

En aquel momento se escuchó una suave y débil vocecilla que prodecía de un rincón de la habitación.

-No puedes pronunciar tu nombre, ¿verdad? - La figura comenzó a proyectar una suave iluminación en la sala y se pudo observar su cuerpo de niña de quince años, sus inocentes ojos verdes, la piel blanca como la nieve y el larguísimo cabello rubio cayendo en cascada sobre su espalda. -Lo siento mucho, Adiós, pero yo ya no puedo ser Siempre. Tienes que decirlo. - Dijo a punto de romperse.

Pero sus débiles palabras volvieron a retumbar en la habitación sin que tras estas llegara sonido alguno.

<<No puedo romper tus lazos, son demasiado fuertes. No puedo obligarte a hablar, estás demasiado lejos. No puedo iluminar más esta habitación, no tengo fuerzas. No llego a ti. No puedo ser Siempre.>>

Querida tormenta.

No he querido ser un error, pero a ti te cometería mil veces. Pensé.

A veces cuando una puerta se cierra solo se abren ventanas y no nos queda más opción que lanzarnos al vacío y esperar a ver si hay suerte y hemos aprendido a volar de un portazo.
Yo no quería aprender a volar sin ti, tormenta.
Podría haberte escuchado aullar toda la vida, muerta de miedo en un rincón.
Podría haber sacado los dientes mil veces más y gruñirte esperando que eso te convirtiera en brisa. Pero.
Ay, te cometería mil veces.
Te comería mil veces.

Más. Porque bastante nos hemos mordido.

Antes me preguntaba por qué la gente usaba paraguas durante las tormentas (hay quien ni se atreve a salir a la calle) y ahora yo colecciono paraguas y chubasqueros sin querer sentirme cobarde.
Pero también he huido de la tormenta, antes de salir volando. Y sintiéndome cuerda. O soga.

No puedo más que preguntarme si hice bien en cometerte y estar dispuesta a hacerlo mil veces más.
No puedo más que preguntarme si hago bien estando dispuesta ahora a no cometerte jamás. Pero le tengo pánico a las tormentas, y tú eres la más grande de todas.

(También eres la más bonita y mentirosa, pero tormenta.)

 El caso es que viví creyendo que tú y yo eramos uno solo, incapaces de aguantar el uno sin el otro.

No sabía que aullabas por mi culpa. Que también tienes pánico y coleccionas paraguas y chubasqueros. Que podrías haber sacado los dientes mil veces más y gruñirme esperando que eso me convirtiera en brisa. Que podrías haberme escuchado aullar toda la vida, muerta de miedo en un rincón.

No sabía que yo también era tormenta. Y qué frío.

lunes, 22 de junio de 2015

Luz y oscuridad.

Una pequeña esfera de un blanco translúcido brillaba en la penumbra.
No existía una luna que la eclipsara ni un sol que la asustara. Tintineaba en la oscuridad y tarareaba en el silencio. Quizá aún más sutil que este mismo.

Flotaba lenta y suavemente, arriba y abajo, con un débil destello blanco y la apariencia de una pequeña bola de algodón.
Avanzaba por un sendero, practicamente oculto, que salía del bosque desde su mismo corazón.
Sin prisa, a veces daba la impresión de que recapacitaría y retrocedería para volver a internarse en la más remota oscuridad. Al fin y al cabo, era su labor, había nacido para ello, para vivir oculta de cualquier mirada humana.
Pero aquella esfera era especial, diferente a las demás, aquella esfera daría el paso que todas las esferas debían dar, pero les faltaba valor; les faltaba ser ellas mismas.

Todas la observaban mientras salía del bosque lentamente, sin dejar de brillar. Se preguntaban si sería capaz. Algunas reían, otras dudaban, otras se ocultaban asustadas bajo las hojas secas que el otoño había dejado caer, pero todas la observaban, y en el fondo, todas coincidían en algo: Querían que saliera del bosque.
Las esferas habían pasado toda su existencia, generación tras generación soñando que una de ellas daba aquel paso. Muchas habían amenazado con hacerlo, muchas habían asegurado que lo harían, y el tiempo las había apagado sin que jamás supieran cuanto llegarían a brillar si salieran de aquellas enmarañadas sombras en las que estaban atrapadas.

Pero ella dio el paso, ella salió del bosque y el resto de esferas la siguieron.
Recorrió un largo camino abandonado y el resto de esferas la siguieron, aun dudando, escondiendose tras rocas y arbustos.
Recorrió carreteras, y el resto de esferas la siguieron, con más ganas, con más confianza en ellas mismas.
Llegaron a la ciudad, y la esfera sintió que una emoción enorme recorría su diminuto y brillante cuerpo, haciendolo brillar cada vez más y más. Brillaba más de lo que nunca imaginó que podría llegar a brillar una esfera.

<<Hasta entonces siempre había pensado que cualquier brillo es más fuerte en la oscuridad, pero había vivido engañada.>>

Brillaba tanto que los seres humanos dirigían hacia ella sus ciegos ojos.
Los ojos que se habían obligado a cerrar tantas veces, los ojos que solo querían dormir para siempre, ponerse en blanco en un signo de incredulidad, de pasividad, de rendición.

La esfera observó que comenzaba compartir su brillo con los ojos de las personas que la veían mientras avanzaba. Observó que lo mejor que podría haber pasado era que el resto de esferas que tanto tiempo estuvieron inmersas en la oscuridad la siguieran, porque hacían que aquellas miradas brillaran aún más.

Tantas esferas luminosas recorrieron la ciudad que las personas comenzaron a brillar por si mismas, reflejando a estas.

Cuando la pequeña y valiente esfera llegó por fin a su destino se paró en seco.
Delante de ella había un chico, sentado en el banco de un parque con los pies sobre este y unos auriculares sobresaliendo de sus orejas.
Sintió el calor que desprendía la pequeña bola blanca que flotaba frente a él, levantó la mirada y con un dedo se desprendió de los auriculares. Se escuchó una sutil y lejana melodía.

El adolescente clavó sus brillantes ojos en la esfera y esta se abalanzó sobre él a toda velocidad, como si lo necesitara para vivir (sería así) es estrelló en el rostro del chico y se fundió con su piel haciendole sentir que una cálida sensación le recorría el cuerpo de pies a cabeza y un palpitar nuevo danzaba en su pecho.

El resto de esferas observaban tras las papeleras, los bancos, las piedras, arbustos, árboles y farolas mientras esperaban una reacción, cuando el chico introdujo su mano en uno de los bolsillos de su pantalón vaquero y sacó un sobre, recorrió el parque, bajo a atenta mirada de las esferas luminosas y lo depositó en el buzón que había a la salida del parque.
-Lo he hecho. Lo haré.- Y sin importar qué, hacer era lo que importaba.

Las esferas se separaron con una extrema euforia, como disparadas por cañones. Iban a toda velocidad deseando estrellarse con sus compañeros, buscando entre el bullicio de ojos luminosos que antes de ellas estaban tan apagados.
Una fue a parar a la frente de un anciano, otra a la barriga de un infante, otras tantas a madres y padres, abuelos y locos, profesores, científicos, religiosos, políticos, reporteros, escritores, músicos, basureros y conductores de camiones y motos.

Una mujer decidió que debía pintar ese cuadro, un hombre que debía componer esa canción, un niño decidió que iba a ser astronauta y, treinta años después pisó la luna, una chica fue madre soltera y un chico decidió que no merecía la pena perdonar tantas veces.

Lo cierto es que aquel día las esferas luminosas cambiaron el mundo, cambiaron a la humanidad al completo. Había una para cada persona, un sueño que cumplir, una valentía que sacar a flote, un "lo haré" para cada ser humano.
Y yo lo vi todo desde una ventana con el marco blanco de madera astillada.

Vi como cada uno de ellos sonreía, luchaba por cumplir sus sueños, descubría que existía algo que merecía la pena. Vi como sus miradas brillaban.

Pero me preguntaba una cosa, ¿qué habría pasado si aquella esfera valiente nunca hubiera salido del bosque? ¿Qué habría pasado si ninguna de aquellas esferas la hubiera visto nunca estrellarse contra su humano y hacer que este decidiera luchar y "hacer"? Lo cierto es que el mundo apenas habría cambiado si aquella esfera no hubiera salido de la oscuridad, o incluso si hubiera salido ella sola, sin ninguna de sus compañeras detrás.
Todo había sido gracias a una sola esfera, ¿o no?
Solo hace falta que alguien de el paso, que ilumine tu mirada, que te empuje a hacer algo, a seguir adelante, solo hace falta un pequeño empujoncito.

Pero quizá hay personas que no quieren que les empujen.

Sigo escuchando los golpes de una pequeña esfera blanca y casi translúcida que choca contra mi puerta una y otra vez. Mientras yo miro por una ventana con el marco blanco de madera astillada.

<< Al fin y al cabo, cualquier brillo es más fuerte en la oscuridad.>>

domingo, 21 de junio de 2015

Tenía un gato azul.

Tenía un gato azul.
Él siempre decía que era de un gris especial, pero yo sabía que era de color azul. Azul marino por la noche y azul cielo por el día. Era un gato mágico, pero nunca maullaba. Nunca hasta aquel día.

Recuerdo que siempre le preguntaba porqué no escribía sobre él. Al fin y al cabo era lo más importante que poseía, al menos lo más llamativo. Él solía cerrarme la puerta a milímetros de mi nariz y gritar algo que no entendía porque cuando lo gritaba ya estaba demasiado lejos.

Solía sentarme en la rama más alta de aquel árbol que nació, creció y murió frente a su casa. Aunque él solo pudo contemplar como estaba. Como permanecía, sin ningún cambio aparente. Sin ninguna novedad. Sin nada que contar.
Él solo supo contemplar como permanecía.
Yo mientras tanto espantaba el vaho que revoloteaba frente a su ventana, las gotas de lluvia que pretendían ahogarse en el reflejo de esta. Yo mientras tanto, contemplaba.

Aprendí de él, aunque él no supiera nada. Porque no sabía nada.

Y cuando dormía, cada noche, me colaba en su refugio. Y ojeaba cada uno de sus folios en blanco, de sus textos tachados, de sus libros a medio leer. Demasiados libros a medio leer. ¿Cómo iba a esperar algo de alguien que no escribía sobre su gato azul y que leía tantos libros a la vez?

Escribía mucho, pero leía más. Creaba y destruía. Nunca quiso ser feliz porque decía que la tristeza le daba inspiración, y sin ella no era nada.
"Para un artista la felicidad es castigo."
Y vivía. O creía vivir.

Pasaba días encerrado, intentando no fijarse en mi presencia frente a su ventana sucia, o empañada. O las dos.
Pasaba días dando portazos. Pasaba días prohibiendo maullar a su gato azul, tachando textos, quemando folios, empezando libros, bebiendo café y dejando de fumar.
Pasaba días convenciéndose de que lo importante para ser artista era la perseverancia.
Pasaba días siendo un artista. O creía.

Y jamás abandonaba aquel empeño. Jamás dejaba de batir las alas y dar saltos torpes. Jamás dejaba de censurar al mundo para que el suyo pudiera salir adelante.

Hasta que una noche de niebla y lluvia, de olor a café y de equilibrismos en aquel árbol, una noche de acabar libros y escribir hasta el final, un gato azul golpeó con su hocico una ventana empañada, se sentó en el alféizar y maulló. Maulló toda la noche.

-Él ya murió. Murió hace mucho.

Bang.

Fuera lluvia y dentro paz.
Un piano, un cigarrillo, un folio y una montaña de libros.
Insomne.

Suenan los pasos delicados de unos zapatos de charol caminando sobre el parquet. Lento. Casi flotan.
La puedo ver a ella, seria, fingiendo una sonrisa por dentro. No le importa qué vean los de fuera.

-Uno, dos, tres (...) quince, dieciseis, diecisiete (...) cincuenta...-Piensa para sí, contando cada paso que da, sin apartar la mirada del suelo.

La melodía triste de un piano suena en sus auriculares, aunque casi no lo percibe. El reproductor le cuelga del cuello a punto de caerse a cada paso.
Empuja la puerta sin fuerza y siente la lluvia humedecer su cabello. Mojarla. Emapaparla.
Arranca los auriculares de sus orejas y deja caer el aparato al suelo embarrado.
Preciosa.


Salí tras ella después de un rato observandola, observando los charcos. Y ella era uno más.
Cogí el aparato destrozado y manchado del suelo y se lo ofrecí sin recibir a cambio una sola mirada.
-Creo que se ha estropeado.- Murmuré.
Sabía que no iba a inmutarse.
La estuve observando demasiado tiempo. La estuve observando desde el primer día en que llegó al centro y jamás la ví dirigir una palabra a nadie. Apenas un par de miradas cuando la obligaban.
Pero la conocí. La conocía bien y sabía porqué estaba ahí.
No había escuchado un solo rumor, pues no los había, pero se le veía en la mirada.
No era bipolar, no era depresiva, no era anoréxica, no era víctima de nada.Y decidí.
-Gracias.- Le dije pretendiendo que nuestras mentes se fundieran con aquella simple palabra, que entendiese lo que quería. Que entendiese que la conocía.
Y jamás sabré si lo conseguí o fue casualidad, pero ocurrió.

No pude ver de dónde la sacó, ni en aquel momento ni en ningún otro.
Me miró a los ojos, apuntó y apretó el gatillo. Sonrió, por primera y última vez. Caí. Los pájaros volaron. Mi vista se nubló. Sonó un disparo más.
Sonreí, por primera y última vez.


Fuera lluvia y dentro paz.

Y un carrusel.

Huímos rápido de allí. Aunque creo que nunca dejé de huir.
Esta vez no estaba sola.

No fue tan difícil como esperaba ni daba tanto miedo.

La ciudad dijo que atardecía, pero nosotros sabíamos que estaba amaneciendo, que aquello, a pesar de ser un descanso, era como empezar desde cero.

Claro que no nos conocíamos de nada, claro que debía estar temblando, claro que. Pero y qué.
No había nada como huír, y nadie más que él sabía apreciarlo. Nadie más que él conoció el placer de pasar del odio al amor en un instante. Y viceversa. Y era casi tan bonito como aquellos momentos de soledad que tanto escocían.

-Dime que no vamos a volver.-Me sorprendió. Sonreí. Y no respondí.-Dime que no volveré a ser yo.

Quería prometerle que no volvería a hacer daño a nadie, ni a sí mismo. Quería prometerle que aquellas no iban a ser las únicas horas en las que íbamos a confiar el uno en el otro, que habrían muchos más días.
Quería prometerle.
Que no eramos errores, que merecíamos estar allí, entre toda esa gente, ignorando lo mucho que los odiabamos, que nos odiaban sin saberlo.

-Si esto fuera infinito no sería mágico.

Y un carrusel, una librería, algodón de azúcar y videojuegos en centros comerciales.
Pero era demasiado mágico para ser infinito.

Y comenzó a atardecer y se notaba más dentro que fuera. Y anocheció y dolió más dentro que fuera. Porque nada escapó.
Atamos fuerte esos sentimientos y los escondimos dentro.
Y volvimos a ser dos que se odian, que los odian, que nos odian.

Miedo.

¿Cómo iba yo a saber que aquellos monstruos seguían vivos?
Siempre supieron ocultarse demasiado bien.

¿Cómo iba yo a saber que volverían?

-¿Caroline?-Sonó casi en un susurro.-¡Caroline!

Abrí los ojos y el mundo se aclaró. Tomé aire. Parpadeé y me incorporé.

-¡Estoy en la bañera, Pam, ahora salgo!

Me puse de pie y me aclaré.
Lo mejor sería no pensar, desde luego, pero ahora sabía que no se habían ido, que aquellos monstruos, sombras, o como fuera que se llamaran seguían cerca. Cerca de mi, cerca de Pam y cerca de todos nuestros seres queridos. Afectando a todos y cada uno de ellos como en su día afectó a nuestra madre del mismo modo.

Las gotas de agua ardiendo resbalaban por mi piel y el vapor apenas me dejaba ver.
Me enrollé una toalla al cuerpo y salí por la puerta del baño, con aquella humareda detrás.

-Uh, incendio.- Rió Pam.
-Ojalá.-Hastío.-¿Cómo estás?
-Carol, por favor, anímate un poco, acabas de salir de darte un larguísimo baño caliente, cualquier mujer en tu lugar sería la más feliz del mundo.-Murmuraba algo en voz baja mientras recogía la casa, la cual había dejado patas arriba.-Ah, bien, estoy bien, vengo de echar curriculums. Tú deberías hacer lo mismo. No podemos seguir en esta situación. En dos meses no podrémos pagar...
-Pam, tengo que hablar contigo.- La interrumpí sentandome en el sofá y sintiendo como se empapaba.
Mi hermana me miró muy seria de repente, como si me hubiera leído la mente. Sentí como resbalaban dos gotas por mi espalda. Me dio un escalofrío.
-¿Qué ocurre, Caroline?- Preguntó con preocupación mientras se sentaba a mi lado con una bola de papeles arrugados en la mano.
-Verás... No ha acabado. Las sombras. Siguen aquí.- Casi me da un infarto cuando se echó a reír de repente. Evidentemente, esperaba una reacción muy distinta.
-Caroline, ya sé que las sombras siguen aquí. Siempre estarán aquí. Siempre estaré aquí.- El cuerpo menudo de Pam empezó a crecer hasta que se transformó en una enorme silueta negra de ojos verdes claros, demasiado claros y aliento a hierro. ¿O era sangre? -Sabes que odio que me llamen sombra.-
Una voz comenzó a gritar en mi cabeza, una voz aguda y chirriante, cuya misión parecía ser hacer que mi cráneo estallara en mil pedazos.
Los ojos de Pam, mejor dicho, de aquella sombra, pues ya no era mi hermana, estaban cada vez más cerca de los míos, eclipsandolo todo. Pude sentir la presión de sus manos en mi cuello. Pude sentir el sonido del metal afilandose, como si saliera de alguna parte de su cabeza para introducirse directamente en la mía. Y aquel grito horrible no paraba.
Pude sentir la sangre en mi boca y un terrible dolor en el estómago. Un corte. La sangre brotar.

Sentí que me ahogaba en sangre extrañamente helada.

Abrí los ojos y el mundo se aclaró.

Espejismo.

Como si importara de donde procediera toda esa sangre, esas voces, ese sonido chirriante.
Como si importara si fuera ella o la persona que veía desde fuera.

Miraba su propio cuerpo, en aquella habitación tan pequeña y vibrante. Todo temblaba, todo, menos la chica a la que miraba delante de ella.

-No te reconozco así.
-No me conoces de ningún modo.

Solo acercarse a ella escocía, sentía que se le quedaba el cuerpo dormido y tenía que mantenerse al menos a un metro de ella.
Si se acercaba más de la cuenta podía sentir la sangre saliendo de los poros de su piel, los ojos hinchandose, las ojeras escociendo, el pecho pesando demasiado.

Y tenía que decidir si acercarse y morir con ella o quedarse lejos y vivir viendo como ella moría.
Viendo como sonreía con lágrimas en los ojos y arañaba las paredes. Viendo como su mirada no era capaz de enfocar nada existente.
Escuchando sus gemidos, sus gritos ahogados. Observando sus convulsiones involuntarias.

Podía sentir como gritaba en silencio, como pedía ayuda. Como pedía una ayuda horrible como que alguien fuera capaz de arrancarle el corazón del pecho en el menor tiempo posible.
Podía sentir como sus fuerzas se iban desvaneciendo y como poco a poco, podía acercarse a ella. Cada vez escocía menos.

En lo que fue una vida entera, pasó todo. Su mirada se perdió en la oscuridad de aquella habitación, que poco a poco se iba agrandando y dejando de vibrar y las fuerzas la abandonaron.
Ya no podía ofrecer resistencia, ya no podía suplicar ni desgarrarse el alma.
Solo podía sentir como su pecho se movía arriba y abajo y aquel escudo desaparecía.

Entonces, la espectadora pudo acercarse a ella sin sentirse morir, tumbarse a su lado, acariciarle la mejilla hasta que cae la última lágrima y disculparse sin decir una sola palabra.

Venus.

Eran tan fuertes las ganas de volar que nos rompimos las alas en el despegue.
Éramos tan libres que nos importaba una mierda serlo.
Todo era tan fácil que todo parecía difícil.

Podía ver su sonrisa, sus ojos grises, brillando a la vez, corriendo por aquel lugar prohibido.
Y fue inevitable.

Como lluvia ácida, sentía que se me derretía dentro algo que no era el corazón. Sentí que resbalaba por mis pulmones y me oprimía el pecho. Sentí que escocía demasiado para ser algo bueno.
Sentí que me extinguía con ella.
Sentí que me estrellaba en una de sus curvas, que perdía el compás de la danza de su cabello, que se me resbalarían los dedos si intentaba tocar algo tan suave.

Como una bomba de relojería con el cable rojo ya cortado.
Miró en mi dirección y me perdí.
Me sonrió fijamente y me eché a llorar por dentro.

Flotaba tan bien que no podía más que sentir una inmensa presión sobre mi.

Tumbada en aquel lugar prohibido, cerrando las cortinas de seda que cubrían sus ojos. Enlazando sus dedos con los de una tristeza tan bella que no era posible mirarla durante más de dos instantes seguidos.
Una pestaña y un deseo.
Una vela y una carta perfumada.
Crema solar y el trigo. Que se nos clavaban las espigas.
Que te me clavabas.

Batido de vainilla y uvas robadas.

Sus pasos eran más que un baile y su existencia mucho más que un accidente.
Cómo escocía su existencia.
Cómo escocía su inexistencia.