lunes, 22 de febrero de 2016

100.

A veces un siempre no es un siempre. Y qué mejor que eso para disfrutar del momento. Qué mejor que eso para lanzarse al vacío y darnos cuenta de que aún podemos volar.

Qué mejor que el miedo para temblar y tener excusas para, bueno, se sabe.

Qué mejor que las dudas para desenredar la vida que se nos ha hecho nudo en la garganta, que tanto cuesta tragar. Que tanto cuesta asumir.

Quizá me he disparado a mí misma y me alcancé al corazón. ¿Por qué no duele? Quizá esa bala no sea real. O quizá sea más real que nunca.
Puede que no esté tan mal dejar de ser iceberg si aprendo a ser agua.
Pero en mi río una se ahoga y las pasiones enferman. Pero nunca son efímeras. Merece la pena.
Merece la pena saltar al vacío.

Al final resultó que sí merecía la pena correr. Correr por ti. Por mí. Ahora que tengo los pies destrozados y no aguanto ni un minuto con tacones, pero me da igual. Ahora que escuece, pero no termina de doler. Ahora que las estrellas fugaces solo son estrellas y la luna se ríe irónica. Ahora que estás y te largas. Ahora que me quedo y a la vez sigo corriendo.

En resumen, sigo siendo yo.

Pero una yo más grande. Mucho más grande, mucho más brillante, porque estoy tan cerca del cielo, del universo que es él quien me ilumina. Y ser fuerte. Manteniendo los pies en el suelo. Destrozándome e hiperventilando. En el pozo. Con mis ángeles y mis arañas.

¿Hasta qué punto existimos? Existes. O existo.
Córtame la cuerda ya, que esto es una estúpidez.

Lo mejor de correr es frenar al borde y sentir cómo la adrenalina invade el pecho. Y entonces nos damos cuenta de que aquella bala del corazón está. Sigue ahí. Aunque no duela. Calienta el alma.

Porque hay heridas que merecen la pena. Heridas por las que debemos pasar y cicatrices que debemos aprender a querer.

Siempre merece la pena aprender. Y crecer. Dar el 100.

viernes, 12 de febrero de 2016

A.

Así que sigues ahí. Al otro lado. Esperándome.

Me quedaban varios intentos, varios saltos, para volver a caer. Pero seguimos aquí. Es esa tristeza pacífica que en el fondo siempre nos gustó, porque abrazarla la calma.
Porque abrazarte te calma.
No tener nada y no dar nada. No perder nada. Solo estar aquí.

Cuando intentas quedarte sola consigues quedarte sola. Y vaya mierda. Porque nadie quiere estar solo. Porque en el fondo todos estamos solos.

Y por eso he vuelto al fondo. Porque estoy sola.

Nadie sabrá de ti, de mí, ni de lo que somos. Nadie sabrá que aún queda alguna que otra pluma por ahí revoloteando. Que hemos hecho astillas de la escalera para no volver a subir.

Porque cuando intentas quedarte sola, consigues quedarte sola.

Pero siempre quedas tú, para recordarme que odiarme tampoco es tan malo. Y por una vez te abrazo sin asco ni odio, porque al fin y al cabo sigues siendo parte de mí. Como él lo es. Pero él no está.
La esperanza oscura también es esperanza.

Lo bueno de que haya cabos sueltos es que no se pueden usar de sogas.

Pero sigues aquí. Ahí. Al otro lado. Y ahora tus ojos verdes, tus lágrimas, tu pelo despeinado, tus telarañas. Todo es mío. Estamos aquí. Y un gato negro sobre el armario. Porque al fin y al cabo sigo siendo yo.

Quedémonos en esta calma. En el ojo del huracán, en el fondo del pozo. Quitándonos el frío. Con el odio y la tristeza, con las alas destrozadas y enredandonos en los hilos de nuestra mente, los que no nos atrevemos a cortar, por mucho que tire, por mucho que duela. No los cortaremos, ¿verdad?

Quédate aquí. Yo me quedaré.
Nadie sabrá lo que somos. Porque cuando intentas quedarte sola, consigues quedarte sola.